"La luz que nos hace ver la luz" Meditación 4 - P. Juan Jaime

«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro,
me lo untó en los ojos
y me dijo que fuera a lavarme a la alberca de Siloé.
Fui, me lavé y vi.»

(Juan 9, 11).

Hace miles de millones de años todo comenzó con un punto de luz y, a partir de ese punto de luz todo fue surgiendo, todo se llenó de belleza y esplendor, de grandeza y expansión, y, luego, de vida, pensamiento y humanidad. Tal vez como todo comenzó con la luz, y quizá también porque la luz es la única constante que permanece en este nuestro cosmos inmenso y apasionante, es por lo que buscamos la luz con una especie de fototropismo existencial. Desde niños nos atemoriza la oscuridad y nos da paz y tranquilidad la luz. La noche se nos hace espesa y difícil cuando se alarga, y el día, en cambio, nos alegra cuando despunta y resplandece. ¡Cuánto temor habría en los rostros y en los corazones de las gentes en aquellos tiempos en los que aún no se sabía por qué algunas noches se alargaban y algunos días tardaban en amanecer! ¡Cuánta impaciencia habrían de sentir aquellos que vigilaban la noche y miraban y miraban el horizonte aguardando ansiosos el resurgir de la luz, la victoria del día sobre la noche! Hay un salmo de La Biblia que compara el ansia por ver a Dios, con el ansia que el centinela tiene de ver la luz del amanecer:

«Aguardo al Señor, como el centinela la aurora.
Espere Israel al Señor, como el centinela espera la aurora.»

(Salmo 130 - 129 - 6-7a).

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