"El valor de lo olvidado" Meditación 5 - P. Juan Jaime

«Como siempre,
lo urgente no deja tiempo
para lo importante.»

(Mafalda).

Y de repente casi todo se detuvo.
Se detuvo el frenesí de las grandes ciudades y el tránsito pesado de las avenidas se marchó.
Se quedaron vacías las aulas de las escuelas, los pasillos de los colegios y los paraninfos de las universidades.
Cerraron sus puertas los museos y los centros culturales.
Los templos de todas las confesiones cancelaron sus celebraciones y el culto y la oración se trasladaron a los hogares y a los medios de comunicación.
Bajaron las cortinas de sus establecimientos los bares y las discotecas.
Dejaron de atender en la mayor parte de los restaurantes.
Las tiendas que vendían todo lo que no era necesario para vivir, cerraron sus accesos.
Se quedaron en tierra los aviones y aparcados la mayor parte de los autobuses.
Se apagaron las luces de los casinos y se silenciaron las máquinas tragamonedas.
Los parques de diversiones cerraron al público y los pequeños parques de los barrios ya no fueron el lugar de encuentro de los niños.
Los grupos de jóvenes abandonaron las esquinas y los compañeros que se citaban cada día para jugar un partido, se despidieron para confinarse en sus casas.
Se dijeron adiós el novio y la novia y prometieron seguirse encontrando virtualmente hasta que se puedan volver a abrazar y a besar cuando todo esto pase…, si es que pasa.
Se clausuraron las playas y los gimnasios y las piscinas y los saunas y los sitios de alterne y hasta los lugares de pecado.
E incluso los jíbaros ya no pudieron salir a vender esas dosis que compraban cada día los adictos o adquirían los tontos que consideran que una probadita no hace daño y que un “cachito” de vez en cuando no lo vuelve a uno dependiente.
Y hasta los que viven en las calles fueron llevados a un refugio, pues, al fin y al cabo, ya no queda en ellas casi nadie a quien pedir limosna, o a quien limpiar el parabrisas del carro, ni siquiera a quien hurtar un celular o robar una billetera.
De repente todo se detuvo.

Y es entonces cuando nos damos cuenta de que todo lo que se detuvo era urgente; pero no era lo realmente importante. Lo importante era el valor de la vida y, acaso por estar ocupados en demasiadas cosas, quizá lo habíamos olvidado.