Diario de una fundación escolapia - Carles Such

2ª Semana y más: Quito

No deja de ser curioso que me voy a vivir a un lugar que desconozco con personas que no conozco y donde no sé muy bien qué voy a hacer... ¡Me encanta la Vida religiosa! (Sin ironías).

Impresiona el paisaje montañoso rodeado de volcanes inmensos nevados. En el aeropuerto el P. Juan Carlos Anduquia, religioso de la Provincia escolapia Nazaret junto a Brian (Kuri -kurisama significa en quechua 'cuidador de oro'-) joven ecuatoriano que está viviendo una experiencia en nuestra casa. El taxista, conocido, me repite incesantemente 'sí, señor' a cada pregunta o comentario mío. La ciudad, ya a oscuras, ofrece un espectáculo de lucecitas navideñas lamiendo las faldas de las montañas: "50 km de largo tiene la ciudad, padre". El barrio de nuestra casa asusta de noche. Sería uno de esos barrios que en España no se me ocurriría pisar una vez se pone el sol. Casa alquilada (arrendada dicen acá), grande, curiosa y sencilla. En mi habitación ni una sola percha pero un cartel sencillo que me da la bienvenida. Primera cena comunitaria, y a dormir.

Estos primeros días son para conocer (o darme a conocer al barrio). Las gentes son austeras si no te conocen. El barrio es un precioso lugar de vida sencilla. Haremos buenas piernas pues hay que subir y bajar continuamente. Se llama La Pulida, entre el barrio de Ana María y el Atucucho. Los barrios se ordenan entre quebrada y quebrada (barranco). Cuanto más subes, más baja el nivel social. Al menos, la gente sencilla de estos lugares puede mirar a los del centro de Quito muy por encima del hombro desde aquí... La vista sobrecoge de noche, pero de día y con claridad, es un lugar para observar durante horas: Quito está rodeado de montañas altas y volcanes nevados (que llegan a los 6000 m).

Lo primero que conozco es la parroquia a la que pertenecemos, llevada por los misioneros de los Sagrados Corazones, esta semana nos han pedido que nos hagamos cargo de las celebraciones porque tenían un encuentro. Es grande, pero asisten poquitas personas diariamente. Liturgia y cantos bien preparados y cuidados. He de aprender a hablar de usted, hasta en las palabras de la consagración (de momento pasó del tú al usted con mucha facilidad). Cuando dicen que soy un padrecito español todos ponen cara de "ya se nota", y ¡hay niños que no me entienden hablando en castellano!...

Tengo ganas de conocer la presencia de la Escolapias, tres aguerridas mujeres, dos de ellas (españolas) de tamaño ecuatoriano, y una chilena, con una fortaleza, dedicación y entrega envidiables: escuela infantil, escuela de tareas, talleres para mujeres, visita a los enfermos, pastoral de infancia, adolescencia y juventud... Y son las 'párroco' propiamente de la ermita en la que el barrio celebra su Misa dominical. Con ellas una juniora y dos postulantes. Nos acogen como verdadera familia, y se alegran de nuestra presencia en el barrio. Misa y cena (aquí a la cena se le dice merienda) compartida. Mañana conoceré el Jardín de Infancia para niños de 3 a 8 años.

Me levanto con muchas ganas y expectación. Quiero estar en el Jardín para cuando entren los niños (7,30h). Aquí nos levantamos a las 5 de la mañana, rezamos a las 5,30h y tras el desayuno a las 6,15h comienza la misión. Marcho pues y voy recibiendo a los niños y niñas, que me miran con cierto temor... A mí se me esponja el corazón. Me presenta María, madre escolapia, rectora (aquí son rectores y rectoras las directoras) de la Escuelita. He pasado una cuarto de hora en cada clase, y enseguida mi atención se centrado en tres niños: uno autista recién ingresado, otro que si no lo es lo parece y un tercero que salta a la vista que está muy descuidado en todo (me dicen las hermanas -así las llaman- que está becado). Regreso a comunidad y siento un fuerte impulso interior: ¿quién se hace cargo de esos niños con dificultades? ¡Nadie! La escuela da para una maestra por aula que tiene que responder a las necesidades de todos los niños, una auxiliar -para todas las clases- que los acompaña al servicio o simplemente 'sigue' a los niños difíciles y una psicóloga que viene una mañana a la semana... ¿Y si yo...? Pero no sé. Nunca he trabajado con niños con dificultades especiales, pero la alternativa es 'nada'. Me lanzo. De repente y sin esperarlo, redacto una propuesta para María para poder atender cada día a estos niños. No sé qué me pasa pero me pongo a llorar como un niño... Algo así como haber sacado de un cajón olvidado una imagen o un escrito conmovedor que se escribió en un momento dado. Estoy totalmente emocionado con la posibilidad de servir a estos niños. Así se lo propongo a la Hna. María que me mira con ojos incrédulos entre la sorpresa y satisfacción. Consulto con Juan Pablo y Oswaldo (vicario para Ecuador que nos visita camino de México) y les parece bien. Y de repente me encuentro con una tarea que comenzaré en breve y pidiendo ayuda a personas que saben de esto en España y que me contestan inmediatamente (de nuevo los amigos sorprendiendo). Y ahí estoy, preparando, viendo vídeos y planificando mi intervención.

¡Gracias Señor!

Me sorprende tener tiempo para lavar mi ropa, tenderla y plancharla. Creo que estas cosas de la vida cotidiana dan un tono a la propia vida que no es desdeñable en la vida religiosa. Pero han de llegar más sorpresas. El viernes y el sábado son los días de catequesis. Marcho a ver y escuchar (es mi opción estos días), pero no viene la catequista y me toca improvisar el tema con 38 niños entre 9 y 11 años que se preparan para la Primera Comunión. Lo mismo me pasará con los grupos de confirmación y con los jóvenes. Insisto a las hermanas que me dejen escuchar, empaparme, conocer a las gente... pero la necesidad no respeta las maneras correctas...

Me llama la atención que cuando digo mi nombre, P. Carles, nadie se extraña ni hace el comentario tan manido en España: "eso es Carlos, ¿no?". Lo reciben con total normalidad. Hay una razón, sus propios nombres: Yeray, Melanie, Domenica, Jason, Maicol -sic-, Gehiner,... ¡como para que les sorprenda un 'Carles'!

Antes, el jueves tarde, mientras Juan Pablo participa en el taller de cocina, he de celebrar en la parroquia y tener adoración del Santísimo. ¡Esto sí que me da inseguridad y temor! Y como esperaba, pasó. Las acólitas desesperadas diciendo cosas, despistadas con mis movimientos, mientras ellas se arrodillaban con las velas yo marchaba hacia el altar; escuchitas, comentarios que no logro entender entre las numerosas palabras que son nuevas para mí ¡y en diminutivo! Sudé como no lo había hecho hasta entonces. Pero salí del paso. Ciertamente soy escolapio de escuela, niños, familias, jóvenes... pero en los actos de magna liturgia y espiritualidad popular, aquí me pierdo.

El domingo llega con novedad. Mi primera Misa con la comunidad del barrio en la ermita. Me habían avisado de algunas cosas, pero allá que me fui. Primero confesar. La iglesia se va llenando. Los niños llegan y se sientan en las sillitas pequeñas que ponen para ellos cerca del altar (aunque acaban las escaleras del altar atestadas de niños que no caben en las sillitas). Cuando comienzo hay hasta personas en la parte de fuera porque no caben. Abuelitos, adultos, jóvenes y niños, ¡un pueblo celebrando el domingo!

En los tres primeros cantos han batido más palmas que en un año en las misas que he celebrado en España. Escuchan, contestan, participan... Y el final, se van acercando y se asperja a todos. ¡Vacié el acetre que estaba lleno cuando comencé a asperjar!

Desde ese día ya muchos me saludan por la calle: "Buenos días padrecito".

El resto de días de las siguiente semana están llenos de vida, personas, situaciones, momentos... Quizá el más curioso fue que el domingo me presenté en una cancha de ecuavoley que tiene el presidente del barrio, D. Bolívar. El nombre se lo da el hecho de ser un deporte típico de acá: campo de voleibol, red más alta, tres jugadores, y un balón más pesado que el de fútbol. Allí estuve mirando hasta que me tocó jugar. Perdimos, con un digno 2 sets a 1. Y aquí en Ecuador nadie juega a nada si no apuesta. Así que tuve que abonar mis dolarcitos y quedarme con la mirada de un par de decenas de 'hombres' del barrio.

El otro día me invitaron a pasar a una casa (habían venido a hablar con nosotros por un tema de posesión -no es algo anormal aquí-, y la hija no iba a mejor), entré y vi cómo viven estas gentes... Sobrecoge: casas compartidas por decenas de personas y en cada habitación una familia (todos duermen en la misma cama o juntas). Ayudé a subir a la chica (con una hija de dos años) al taxi para que fuese al médico.

Los días pasan rápidos aunque los comencemos a las 5 de la mañana. Escuelita (de la que ya os contaré más pormenorizadamente), tareas domésticas (ya he hecho mi primera paella aunque salió el grano algo duro -la altura hace que necesite más tiempo para cocerse-), apoyo escolar por las tardes a los niños del barrio y alguna capellanía. Para darnos a conocer y 'hacernos barrio' participamos de algún taller para las mujeres (cocina), bailoterapia, etc. Y en todo muy acompañados y cercanos a las madres escolapias, cuya casa es verdaderamente la 'casa del barrio', ¡qué bien han sabido integrarse estas hermanas!

Está siendo una experiencia de verdadera familia calasancia, que por cierto, también celebramos a las Calasancias y colaboraremos con ellas en la formación de su profesorado. Cada día tengo menos tiempo para escribir, contestar mails, y estas tareas. Los niños entre semana y los adolescentes y jóvenes en el fin de semana se lo llevan casi todo. A lo que hay que sumar colaboraciones y dinámicas propias de la casa que es casa de formación y de acogida vocacional. El otro día pudimos vivir de manera muy sencilla el inicio de la etapa de Postulantado por parte de Kuri.

¡Ah! Y me ha pedido Juan Pablo que lleve la economía de la casa, así que, espero no hacer quebrar a nuestra incipiente comunidad...

Y sobre nuestra fundación en Perú, se va enfriando la opción que parecía definitiva... Rezamos y seguiremos esperando el momento y el lugar adecuado. Que verdaderamente sea lo que Dios quiera.

Bueno, seguimos en contacto. Me nacen muchas reflexiones en torno a nuestro ser y quehacer escolapio, pero prefiero madurarlas y dejarlas para más adelante.

¡Feliz mes de octubre!

A tu amparo y protección, Madre de Dios acudimos...

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