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Salutatio (44)

 

Este año 2022 se cumplen 25 años de la aprobación, por parte del 44º Capítulo General de la Orden, del documento institucional “El Laicado en las Escuelas Pías”. Es una fecha “redonda”, que nos puede sugerir una mirada agradecida al camino recorrido a lo largo de estos años y que este documento que recordamos tanto contribuyó a impulsar y a desarrollar.

Aquel Capítulo General de 1997 se convocó con un lema muy interesante. Rezaba así: “Carisma y Ministerio: una historia que recordar, una historia que construir”. Nos convocaba el 400º aniversario del comienzo de la misión calasancia en la Escuela de Santa Dorotea (1597), y la Orden festejaba con profunda alegría esa historia -inacabada- que inició Nuestro Santo Padre en la pequeña sacristía de una parroquia del Trastevere.

Me parece que ahora sería bueno aplicar el mismo lema a este pequeño aniversario del documento sobre el laicado escolapio. Efectivamente, estamos ante una bella historia que debemos recordar y continuar construyendo. Me gustaría contribuir a ello con esta sencilla carta fraterna. Quisiera referirme a unos pocos puntos que considero importantes.

En primer lugar, creo que tenemos que hacernos una pregunta: ¿qué buscaba aquel Capítulo General con ese documento? Nada se aprueba en un capítulo sin una intencionalidad. Releyendo las actas y el propio documento, aparecen claramente los tres objetivos que estaban sobre la mesa en aquellos años:

  1. Aclarar la conciencia escolapia sobre ese tema.
  2. Responder a las inquietudes de tantas personas laicas que se preguntan por el proyecto que las Escuelas Pías tienen en relación con ellos.
  3. Aceptar que la apertura a los laicos es un signo de los tiempos que nos interpela profundamente.

Estos eran los tres objetivos. Así consta en las actas del Capítulo y en el propio documento.  Quiero compartir con todos vosotros que los tres siguen siendo reales, actuales y provocativos. Sigue siendo necesario profundizar y clarificar lo que vivimos; seguimos recibiendo preguntas, propuestas y aspiraciones desde las personas que comparten nuestro carisma y nuestra misión; sigue siendo cierto que este camino nos interpela y provoca en la Orden deseos de respuesta y de nuevos pasos, así como preguntas e inquietudes. Seguimos caminando, hermanos.

Junto a esta afirmación de que los objetivos siguen siendo actuales, también debemos afirmar que en los tres hemos avanzado mucho. Ofrezco algunos datos de este caminar y de este progreso, aludiendo también a las dificultades y despistes que tenemos.

  1. El documento que conmemoramos se aprobó canónicamente con el 65% de los votos en el seno del 44º Capítulo General. Todos sabemos que una proposición o un directorio, para ser aprobados, necesitan la mayoría absoluta. La votación con la que el documento fue aprobado indica una mayoría clara, pero también expresa dificultades o dudas. Años después, el actual Directorio de Participación, que es la concreción actualizada del documento de 1997, se aprobó con el 84% de los votos de los capitulares. Tal vez no son datos muy relevantes, pero nos sirven para comprender que estamos ante un reto y un proceso que necesita su tiempo, pero que poco a poco va siendo bien comprendido y asumido por la Orden.
  2. Por otro lado, sabemos que las cuatro modalidades de participación se han consolidado y hay muchas experiencias, y muy ricas, de impulso de cada una de ellas. Es cierto que la integración carismática y jurídica continúa siendo una opción poco extendida, pero no por eso poco significativa. Y es también cierto que el trabajo para el acompañamiento de nuestros colaboradores, la riqueza de los procesos de Misión Compartida y el desarrollo de la Fraternidad han sido formidables.
  3. Junto a estos datos de fondo, cito otras muchas cosas que están suficientemente claras entre nosotros: compartir el carisma y la misión entre religiosos y laicos es bueno, rico y necesario; cuanto mayor sea la identidad calasancia del laicado, mejor para los niños y jóvenes que crecen entre nosotros; la pluralidad vocacional escolapia es rica y creativa; los ministerios escolapios encomendados a los laicos provocan riqueza de misión e incluso la posibilidad de crear nuevos ministerios; el modelo de presencia escolapia se va abriendo paso entre nosotros con progresiva naturalidad; la Fraternidad y al Orden comparten misión de diversas maneras, siendo especialmente significativa la red “ITAKA-Escolapios”; la Fraternidad se va dotando poco a poco de estructuras de animación y acompañamiento, y está naciendo en nuevos contextos y demarcaciones, etc.
  4. Como en todo proceso, parecen también dificultades y situaciones que necesitan ser revisadas o acompañadas. Citemos algunas: en algunos lugares cuesta encontrar el modo adecuado para que la Fraternidad se ubique bien en el dinamismo de la Provincia y de cada una de las presencias, con el fin de que pueda crecer y aportar como lo que es, una importante entidad escolapia; comprender la formación de los laicos en dinámica de Misión Compartida como “saberes que se aprenden en un curso” y no como un proceso integral que transforma la vocación educadora de las personas; creer que los religiosos no nos tenemos que formar, junto con los laicos, en todo lo referente a la identidad calasancia de nuestra misión, “porque ya lo sabemos todo”; no reflexionar suficientemente sobre la importancia de la presencia de los religiosos en la vida de la Fraternidad, etc.
  5. Hemos de ser cuidadosos con determinadas maneras de pensar o quizá más bien frases o ideas que a veces subyacen entre nosotros, especialmente en algunos lugares, y que no reflejan en absoluto ni el modo de pensar de la Orden ni las dinámicas sinodales que propone nuestra Iglesia. Cito algunas de ellas:
    1. “Mientras tengamos suficientes religiosos no es necesario impulsar el proyecto del laicado”. Refleja un concepto utilitarista del laicado escolapio y no responde en absoluto al deseo de construir unas Escuelas Pías participativas, plurales y generadoras de identidad. Una cosa es tener clara la prioridad de construir una demarcación, y otra muy diferente es pensar que “impulsaremos el proyecto del laicado sólo cuando lo necesitemos; por ahora no hace falta”.
    2. “No es problema que no haya religiosos en un colegio, ya lo llevan los laicos”. Afirmación y modo de pensar que no sólo desconcierta a los religiosos, sino también a los laicos. No da igual que en un colegio escolapio haya religiosos o no. Es mejor, absolutamente mejor, que haya religiosos. Yo afirmo que no sólo es mejor, sino que es necesario. Pero si no hay, evidentemente, hay que llevar las cosas de otro modo. Pero convertir la solución de un problema -la falta de religiosos- en el ideal o en lo mejor, es un error muy serio.
    3. Hay que acompañar bien a nuestros jóvenes para que comprendan adecuadamente todo el dinamismo de la Participación. Las cosas que más desconciertan son aquellas que se sitúan en los “extremos” y que convierten el dinamismo de la Participación en lo que nunca es y nunca será. Nuestros jóvenes deben saber y sentir que su vocación es plena, necesaria, apasionante e insustituible. Como siempre ha sido. Y eso debemos transmitirlo todos -religiosos y laicos-, y no sólo con la palabra, sino con la vida.

6. Van apareciendo nuevos desafíos, todos ellos fruto de la vida y del camino que vamos recorriendo. Cito algunos de ellos

  1. Desarrollar y vivir en plenitud la identidad de la Orden y la propia de la Fraternidad. La Orden de las Escuelas Pías y la Fraternidad Escolapia son realidades diferentes que optan por la comunión. Pero esto sólo se puede hacer desde identidades claras y desde vivencias plenas. Necesitamos una Orden Escolapia que viva intensamente la consagración y la profecía, que crezca y camine desde los dinamismos y estructuras que le son propios, y que cuide su significatividad y su capacidad de Vida y de Misión. Igualmente, necesitamos una Fraternidad Escolapia que crezca en el desarrollo de su propia identidad, claramente expuesta en sus documentos, y que busque una clara vivencia de la vocación cristiana enriquecida desde el carisma calasancio de modo que, en su seno, religiosos y laicos puedan compartir el don vocacional recibido.
  2. Compartir el desafío misionero. La Orden, la Fraternidad y el conjunto del laicado escolapio, somos enviados a los niños, a los jóvenes, ante todo a los más pobres. Este envío en misión puede y debe ser compartido. Lo es ya en muchos lugares de la Orden, y contamos con ricas y fecundas experiencias de este “envío en misión compartido”. Incluso tenemos presencias escolapias que nacieron así, de modo conjunto.
  3. Configurar un sujeto escolapio claro y fecundo. Cuando hablamos de “lo escolapio” no hablamos sólo de la Orden. Esto es se va clarificando poco a poco entre nosotros. Pero este nuevo sujeto escolapio que estamos configurando, formado por la Orden, las Fraternidades y tantas personas que comparten la Misión que hemos recibido de Dios a través de Calasanz, necesita ser bien reflexionado y estructurado, en sus diversas dinámicas, para que sea fecundo. Si es confuso, si las diversas identidades no son bien respetadas, no funcionará.
  4. Desarrollar los ministerios escolapios. Vivimos un momento de reflexión creativa sobre este tema de los ministerios, que es decisivo en el impulso de la pluralidad vocacional escolapia. Nuestro último Capítulo General pidió a la Congregación General que estudie la posibilidad de crear un nuevo ministerio escolapio, relacionado con la escucha y el acompañamiento. Es un bello ejemplo de la vida que surge entre nosotros.
  5. El papel protagonista de los jóvenes y su aportación a unas Escuelas Pías mejores. No hay duda de que por este camino llegarán muchas más aportaciones y sugerencias en todo lo relativo a la Participación. Estamos muy agradecidos al Señor por el don de la presencia de los jóvenes que crecen y caminan entre nosotros con creciente corresponsabilidad escolapia, sabedores de que la construcción de las Escuelas Pías es una bella aportación a la utopía eclesial y social que ellos quieren construir y que todos sabemos y creemos que debemos esperar como don del que todo lo puede: el Reino de Dios y su Justicia.

Quisiera concluir esta carta fraterna con unas palabras de agradecimiento a tantas personas que, con su mejor voluntad y amor por Calasanz, desean honestamente crecer en su identidad y vinculación escolapia y, con su sensibilidad y sus sueños, aportan nuevas energías al conjunto de las Escuelas Pías. A todas ellas expreso mi agradecimiento y por todas ellas doy gracias a Dios. Al Señor de las llamadas le pedimos que siga convocando a más personas, cada una según su vocación, a continuar impulsando el siempre inacabado sueño de San José de Calasanz.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch. P.
Padre General

Tomado de: Scolopi.org

Tratad de comprender lo que el Señor quiere

Está bastante claro que nuestro 48º Capítulo General ofrece al conjunto de las Escuelas Pías numerosas áreas de reflexión y está llamado a provocar -si se lo permitimos- nuevos dinamismos de vida y de misión. Creo que uno de los aspectos sobre los que estamos llamados a fijar nuestra atención es el de la necesidad de cuidar y mejorar todo lo relacionado con el discernimiento y la toma de decisiones (a nivel personal, comunitario e institucional). No hay duda de que avanzaremos mejor por caminos de sinodalidad si reconocemos que tenemos todavía mucho que aprender sobre lo que supone el discernimiento (espiritual, vocacional, apostólico, etc.) en nuestra vida.

Sobre este tema es sobre el que quiero compartir con vosotros esta sencilla reflexión, enmarcada en la propuesta que Pablo hace a los Efesios (Ef 5, 17) en la que sintetiza de modo muy claro el objetivo del discernimiento cristiano: tratar de comprender lo que el Señor quiere.

La primero que quiero decir es que necesitamos ser conscientes de la necesidad de abrir un proceso de reflexión sobre los dinamismos propios del discernimiento. No lo sabemos todo sobre este tema, ni todo lo que hacemos y decidimos lo llevamos adelante desde procesos bien cuidados y compartidos. Recuerdo que en una de las oportunidades en las que los miembros de la Unión de Superiores Generales pudimos encontramos con el Papa Francisco, éste nos recordó que el Sínodo de los Jóvenes era un Sínodo sobre los Jóvenes, la Fe y el Discernimiento Vocacional. Y añadió esta frase, que nos quedó muy clara: “quiero introducir el discernimiento con más fuerza en la vida de la Iglesia”[1]. Estamos ante una constatación fundamental del Papa, que también nosotros podemos y debemos asumir: necesitamos introducir el tema del discernimiento con más fuerza en la vida de las Escuelas Pías.

Son muchas las razones por las que creo que estamos ante una necesidad clave. Pero me voy a limitar solamente a citar tres.

Para explicitar la primera, me voy a inspirar en la narración contenida en el capítulo 15 del libro de los Hechos de los Apóstoles. La propuesta evangélica se iba abriendo paso en contextos desconocidos, y surgían muchas preguntas y desafíos. Los apóstoles no resolvieron con un decreto la discusión sobre la circuncisión, sino que escucharon la novedad que emergía desde esos “nuevos espacios de vida de fe”. Deliberaron, escucharon y, finalmente, decidieron que la comunidad tenía que abrirse a un nuevo modo de comprender, acoger y transmitir la plenitud de la salvación ofrecida por Dios en Cristo. Fue un profundo proceso de escucha del Espíritu Santo[2].

Hoy nos está pasando lo mismo. Estamos transitando por muchos terrenos nuevos, y emergen nuevos desafíos que afectan a las respuestas que debemos dar como escolapios a los niños y jóvenes de hoy, a las sociedades en las que nos encontramos, a las sensibilidades de los religiosos jóvenes que quieren dar lo mejor de sí mismos por unas Escuelas Pías mejores. Necesitamos procesos de discernimiento para crear nuevas estructuras, estilos comunitarios y opciones de misión.

La segunda razón en la que me quiero fijar para explicar la importancia del tema es la fuerte llamada eclesial y escolapia a la sinodalidad. No hay sinodalidad posible sin discernimiento comunitario. La sinodalidad se basa -y la provoca- en nuestra capacidad de discernir en común.  Es por esta razón por la que creo que una de las tareas más necesarias que tenemos que emprender es la de aprender a discernir en común.

Hay una tercera razón que debemos considerar. No está de más un cierto esfuerzo de autocrítica ante algunas debilidades que vemos en nuestros propios procesos. Quizá puede ser bueno que, como hermanos, tratemos de dar nombre a esas debilidades. Yo puedo decir que cuando se dialoga con libertad y honestidad sobre estas nuestras debilidades relacionadas con nuestros procesos de discernimiento y toma de decisiones, somos muy capaces de reconocer aquellos aspectos en los que más debemos trabajar. Entre ellos: decidir sin suficiente dinámica de oración; confundir discernimiento con decisión; dificultad para provocar una escucha atenta de todos; intentos de influir irrespetuosamente en el modo de pensar de los demás; búsqueda de que mi idea o mi propuesta “triunfe”, sin entender que de lo que se trata es de encontrar una respuesta compartida; círculos de presión; deficiente respeto por la verdad; decidir o votar desde criterios ajenos al bien de la Orden como, por ejemplo, la amistad, la procedencia, la cultura, la edad o cualquier otro rasgo no central en el asunto sobre el que tenemos que decidir. Hablar, proponer, expresar mis ideas es siempre necesario, pero siempre desde un sincero deseo de diálogo, escucha y búsqueda compartida.

Estas tres razones: la novedad de los tiempos, la propuesta de la sinodalidad y nuestras propias necesidades de mejora, son más que suficientes para hacernos conscientes de que tenemos mucha tarea por delante. Mi deseo es sugerir algunas pistas de avance en todo lo relativo al discernimiento comunitario. Quisiera proponer cinco puntos de reflexión.

1-No hay discernimiento posible sin una creciente vida de oración, sin una cuidada espiritualidad, sin una disponibilidad para poder entrar a fondo en nuestra propia alma y descubrir en ella el querer de Dios. La hondura y la honestidad de la vida espiritual de cada uno de nosotros marca decisivamente nuestra capacidad de discernimiento, personal o comunitario. Lo expresa de manera certera la narración de la parábola del hijo pródigo, cuando se dice que “entrando dentro de sí” (Lc 15, 17), encontró la respuesta. Cuando el joven de la parábola decide entrar en su más profundo centro, descubre ahí lo único que no había podido malgastar: el amor incondicional de su padre, que había experimentado desde que era niño. No nos engañemos: la vida superficial lleva a discernimientos (si es que se puede utilizar esta palabra) superficiales. La vida espiritual cuidada nos acerca a la posibilidad de hacer las cosas bien. Y esta es una tarea que todos tenemos que plantearnos, del mismo modo que la Orden debe plantearse como nos puede ayudar.

2-El buen discernimiento necesita de su metodología. Esto daría para un libro, por eso simplemente me contento con mencionarlo. Me estoy refiriendo a cosas muy concretas, como estas: que haya claridad en la pregunta que debemos responder o en el tema que debemos decidir; que todos estén bien informados; que esté claro quién y cómo se toma la decisión (el superior, la comunidad, etc.); que haya espacio para la oración y el compartir comunitario, tanto de los frutos de la oración como de nuestras ideas; que estemos abiertos a las ayudas externas que podamos necesitar para profundizar en la reflexión, etc. Creo que para avanzar en la sinodalidad nos vendrían muy bien algunos encuentros de aprendizaje sobre los procesos de discernimiento.

3-Este es precisamente el tercer punto que quiero proponer. Lo podemos llamar “aprendizaje progresivo”. Es claro que, en algunas de nuestras comunidades y, quizá, en algunas de nuestras demarcaciones, tenemos no pocas deficiencias en todo lo relativo al discernimiento y toma de decisiones. Seguro que esto es verdad. Pero también lo es que todas pueden -podemos-aprender. Y el modo de aprender es caminando. Impulsemos el aprendizaje progresivo de las dinámicas propias de la sinodalidad y del discernimiento. Así, poco a poco, aprendiendo de los errores, podremos avanzar por sendas más abiertas a las inspiraciones del Espíritu Santo.

4-El fruto del discernimiento bien hecho es el “acuerdo de corazón”. Si lo hemos hecho bien, nunca debemos salir de un proceso de discernimiento y de toma de decisiones o de elecciones sintiendo que hemos perdido porque no ha salido lo que esperábamos. El discernimiento no busca aislar al diferente, sino integrar a todos para que todos podamos colaborar con gusto en lo que hemos decidido, aunque no todos estemos de acuerdo ni tengamos la misma opinión. No vivimos en comunidad ni nos reunimos para tomar decisiones porque todos pensemos lo mismo, sino porque todos deseamos profundamente escucharnos, orar juntos, buscar el querer de Dios y ponernos “manos a la obra” para llevar adelante la decisión elegida. Tenemos buenas experiencias en las que hemos tomado decisiones desde posiciones distintas, pero honestamente habladas, oradas y decididas.

5-Necesitamos hacernos las preguntas adecuadas. El discernimiento espiritual, apostólico o institucional, tanto en la dimensión personal como en la comunitaria, necesita “apertura de visión” para comprender dos cosas esenciales: que los temas sobre los que queramos trabajar sean de verdad significativos, y que nuestra comunidad sea capaz de detectarlos, de comprender los “signos de vida” que emergen y la “novedad de respuesta” que precisan. En estos meses en los que celebramos los capítulos locales y demarcacionales en el conjunto de las Escuelas Pías, esta “apertura de visión” es más necesaria todavía para tratar de acercarnos a las preguntas que verdaderamente deben ser objeto de nuestro discernimiento. Creo que hay preguntas comunes y preguntas específicas de las diversas situaciones en las que vivimos.

Pongo algunos ejemplos de preguntas que nos podemos hacer: ¿qué supone para nosotros la llamada a la sinodalidad? ¿de qué manera podemos impulsar auténticamente la misión compartida? ¿qué áreas debemos tener más en cuenta para que nuestros jóvenes en formación puedan crecer en una más clara identidad carismática? ¿cómo ver y potenciar las “oportunidades de vida” que sin duda emergen en todas las demarcaciones, también en aquellas que parecen tener más dificultades o en las que el sentimiento de desánimo puede estar más enraizado? ¿quién es el hermano al que creemos que en este momento le podemos pedir el servicio de superior, según nuestras Constituciones? ¿qué significa para nuestra Provincia “caminar con los jóvenes”? Evidentemente, podríamos seguir. Estamos ante un reto importante: demos a nuestros procesos capitulares la posibilidad de provocar novedad.

Termino esta carta fraterna con un apunte relacionado con el discernimiento espiritual que todos somos llamados a vivir. El discernimiento no es sólo una metodología, o un modo de afrontar problemas o preguntas. Es, sobre todo, una dimensión de la vida cristiana, una dimensión de nuestra fidelidad vocacional, que tiene que estar siempre presente en nuestra oración, en nuestra vida cotidiana, en el ejercicio de nuestra misión. En definitiva, en la vivencia crecientemente auténtica de nuestra vocación, en nuestra vida cotidiana. No vivimos en una “burbuja de tranquilidad” que nos pone las cosas fáciles. No es así la vida. Vivimos -y discernimos- en medio de nuestras búsquedas diarias, nuestras pequeñeces, nuestros propios pecados, nuestras debilidades y nuestros esfuerzos de fidelidad., Somos lo que somos, y desde esa nuestra realidad, vivimos y encarnamos nuestra fe y nuestra vocación. Desde ahí hemos de tratar de ser fieles, crecientemente fieles, a lo que Dios quiere de nosotros. Esa es la vida de cada uno de nosotros, de nuestras comunidades y de nuestras Escuelas Pías.

Si nunca lo habéis hecho, os invito a ver la película “De Dioses y hombres”, en la que contemplamos la historia de los monjes cistercienses de Tibhirine, mártires en aquella Argelia que tanto amaron. Es una historia de discernimiento espiritual bien realizado. Nos basta con leer el testimonio que dejó escrito el prior de la comunidad, Christian de Chergé, para darnos cuenta de que, efectivamente, todos ellos buscaron honestamente ser fieles a su propia vocación, en una situación bien compleja, a través de un honesto, sincero y, por qué no decirlo, difícil, proceso de discernimiento espiritual. No hace mucho tiempo que todos ellos fueron beatificados por el Papa Francisco.

Os agradezco la acogida de estas reflexiones, que concluyo con una invitación: no simplifiquemos la llamada a la sinodalidad. Muy al contrario, entremos a fondo en lo que el Espíritu Santo está pidiendo a la Iglesia.

Recibid un abrazo fraterno.

Pedro Aguado Sch.P.
Padre General

[1] Papa Francisco. Encuentro con la USG del 25 de noviembre de 2016.

[2] Hechos 15, 28: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas de las indispensables”.

 
Tomado de: Scolopi.org
 

Profundizar en nuestra espiritualidad escolapia

Esta es la formulación elegida por nuestro Capítulo General para expresar la primera de las Claves de Vida de la Orden, encuadrada en el así llamado núcleo configurador de la “centralidad de Jesucristo en nuestra vida y misión”.  Son dos las opciones que se nos proponen para la adecuad vivencia de este núcleo: la espiritualidad y la vida comunitaria. Sobre esta segunda escribí el pasado mes; ahora me he decidido a escribiros sobre la primera.

Mi pretensión es muy simple: ofreceros algunos comentarios sencillos sobre algunas de las propuestas y criterios desde los que nuestro documento capitular presenta el reto de profundizar en nuestra espiritualidad escolapia. Vamos allá.

Quiero comenzar destacando que la “profundización en nuestra espiritualidad” es la primera de las Claves de Vida desde las que nuestro Capítulo General definió el “núcleo configurador” del camino que estamos llamados a recorrer en este sexenio y, sin duda, mucho más allá de los límites temporales desde los que un Capítulo General ilumina la vida y la misión de la Orden. No creo que este hecho -la primacía- sea algo insignificante. Por el contrario, lleva consigo un mensaje y marca un camino.

Por eso es bueno empezar por decir algo que, no por repetido, deja de tener su importancia: la espiritualidad cristiana consiste en vivir según el Espíritu, siguiendo los pasos de Jesús. Esta es la definición más breve y concreta que podemos dar de este apasionante desafío. La espiritualidad es un camino de seguimiento del Señor, que se expresa y se vive en el discipulado, como una dinámica vital que nos ayuda a vivir desde Dios y nos abre a obrar en apertura y escucha del Espíritu.

La espiritualidad calasancia radica en el modo en el que nuestro fundador encarnó y asumió ese camino de seguimiento: caminar desde el profundo deseo y aspiración de configurarse con Cristo. La espiritualidad escolapia procede de esa espiritualidad de Calasanz, enriquecida con las diversas respuestas y experiencias que como Orden hemos ido dando a lo largo de los siglos y por los descubrimientos que han ido configurando lo que somos y estamos llamados a vivir, tal y como se expresa en nuestras Constituciones.

Vivimos en un mundo en el que la pérdida de sentido de Dios y el estrechamiento de los horizontes de la humanidad dificultan mucho la comprensión y la vivencia de “lo espiritual” en tantas personas, también entre aquellas que viven y crecen entre nosotros. No está de más que nosotros pensemos si, a pesar de nuestra identidad y de nuestra consagración -quienes somos religiosos- o a pesar de nuestras opciones de vida cristiana y escolapia, necesitamos replantarnos este apasionante reto. Este es el objetivo que nos plantea el Capítulo.

Recuerdo un párrafo del muy conocido libro de Karl Rahner “Cambio estructural en la Iglesia”. El libro tiene 50 años. Pero dice cosas como esta: “Necesitamos una Iglesia de espiritualidad auténtica. Tenemos el riesgo de ser, en el terreno de lo espiritual, hasta un extremo tremendo, una Iglesia sin vida, en la que predomina el ritualismo, el legalismo, la burocracia y un “seguir tirando” con una resignación y un tedio cada vez mayores por los carriles habituales de una mediocridad espiritual”. [1] La vivencia y el cuidado de la espiritualidad es una necesidad de Vida con mayúsculas. Por eso creo que nuestro Capítulo nos desafía certeramente cuando nos llama a “profundizar” en esta dimensión. Una experiencia superficial, descuidada o poco consistente de nuestra espiritualidad agosta y marchita nuestro tesoro e impide que podamos ofrecer a nuestros alumnos y a nuestros jóvenes lo que más necesitan.

Entremos en el contenido del documento y de las Líneas de Avance que nos ofrece. Creo que todo el texto es muy significativo.

1-En primer lugar, se proponen ocho criterios desde los que somos llamados a plantear nuestra espiritualidad. Hay que leerlos con detenimiento, porque indican caminos muy concretos, expresados desde un lenguaje activo y provocador. Hablamos de cultivar, de caminar, de vivir desde proyectos, de sinodalidad, de compartir, de profetizar, de comunión, de ecología integral.

En definitiva, estas son las llamadas que recibimos: vivir la espiritualidad como camino de santidad; cultivar nuestro espíritu de oración; sinodalidad y construcción de comunión y solidaridad; proyectos y opciones que respondan a lo que la Iglesia y el mundo de hoy necesitan de nosotros; compartir nuestro tesoro con la Fraternidad y con las personas que caminan con nosotros; asumir la llamada a ser profetas; vivir desde una ecología integral.

Creo que son criterios ricos, actuales y propositivos, y expresan el deseo-y la opción- de la Orden de escuchar el sentir de la Iglesia y, sobre todo, de los jóvenes.

2-En segundo lugar, el documento nos presenta la opción central de Calasanz, desde la que nuestro santo padre configuró y vivió su espiritualidad: la kenosis. El documento nos refiere a esta experiencia centralmente calasancia. Nos basta con relacionar dos conocidos textos de Calasanz para comprenderlo. “Es un buen principio de la vida espiritual el del propio conocimiento y miseria en la que todos nacemos y también de la ingratitud con que después de tantos beneficios hemos correspondido a Dios”. [2]

Veamos el camino que propone para conseguirlo: “La strada o vía más breve y más fácil para ser exaltado al propio conocimiento y desde él a los atributos de la misericordia, prudencia e infinita paciencia y bondad de Dios es el abajarse a dar luz a los niños, y en particular a los que son como desamparados de todos, ya que por ser oficio a los ojos de todos tan bajo y tan vil, pocos quieren abajarse a él, y suele Dios dar ciento por uno, sobre todo si haciéndolo bien, tuviese persecuciones o tribulaciones en las cuales, si se toman con paciencia de la mano de Dios, se halla el céntuplo de espíritu”[3].

Pienso que es muy significativo que el Capítulo General nos recuerde que la actitud de fondo desde la que podemos profundizar en nuestra espiritualidad es la kenosis, el abajamiento, a imitación del único Maestro.

3-En tercer lugar, nuestro documento destaca algunas de las notas de nuestra espiritualidad que quizá son más necesarias en el mundo de hoy. Este es un bello ejercicio de discernimiento comunitario: ¿Cuáles son las claves de nuestra espiritualidad que hoy son más necesarias y, por lo tanto, más hemos de cuidar y profundizar? ¿Por qué el 48º Capítulo General destaca estas claves, cada una de ellas? Son estas: espiritualidad cristo-céntrica, dócil al Espíritu, atenta a la Palabra, provocadora de servicio, buscadora de comunión, sacramental, mariana, eclesial, orante, conectada con la misión y encarnada en la vida, cultivadora de las virtudes pedagógicas calasancias, dinámica y sustentadora de la misión.

Sería un buen ejercicio comunitario pensar cada una de estas características y tratar de reflexionar, en común, sobre lo que supone para nuestra vida y nuestra comunidad el reto de profundizar en cada una de estas características. No son teóricas, sino provocadoras de nuevas respuestas.

4-Finalmente, el documento capitular propone algunas “Líneas de Acción”. Voy a comentar solamente las tres primeras, aunque no hay duda de que las siete que vienen propuestas tienen una notable carga de renovación.

  1. Cultivar el acompañamiento espiritual. Pienso que la propuesta de vivir espiritualmente acompañados (de modo personal y comunitario) resonó con fuerza en el aula capitular. Es interesante notar los frutos que el Capítulo dice que podemos recibir si así vivimos: “una mejor comprensión de la voluntad de Dios en la propia vida y un mejor conocimiento de nosotros mismos”. No hay duda de que estamos ante una “vía de crecimiento espiritual” que sería muy importante que nuestros capítulos demarcacionales reflexionaran y potenciaran.
  2. Trabajar procesos que enriquezcan nuestra oración personal y comunitaria. El Capítulo afirma que tenemos que cuidar y enriquecer nuestra oración, y que esto supone trabajar aquellos procesos que lo hagan posible. Destaco algunos: el aprendizaje de la meditación, la lectio divina, el cuidado de la celebración eucarística comunitaria, el proyecto personal de vida espiritual, la atención a las devociones que más nos ayudan, los retiros comunitarios, las dinámicas de ejercicios espirituales, la dirección espiritual, etc.
  3. Potenciar nuestra espiritualidad desde el encuentro con los niños y jóvenes, preferentemente pobres. Nuestra espiritualidad se fortalece desde los niños y jóvenes, como le ocurrió a Calasanz. Nuestro fundador ofreció a los niños y jóvenes una manera original y nueva de comprender una de las mayores novedades del anuncio evangélico, que no es otra que la experiencia de que Dios nos ama. Calasanz ofrece a los niños la experiencia de sentirse amados por Dios. A veces no nos damos cuenta de la hondura y de la radicalidad de esta experiencia, profundamente espiritual. El escolapio que se aleja de los niños y jóvenes pierde el contacto con la fuente que asegura su vitalidad. El “alejamiento” es también algo espiritual. Puede haber escolapios que estén todo el día en la misión con los niños, pero espiritualmente lejos de ellos, y escolapios en otros quehaceres no directamente relacionados con el contacto frecuente con los niños y jóvenes, pero profundamente cercanos a ellos y alimentados por este inagotable manantial de vida que emerge de aquellos por quienes Calasanz fundó las Escuelas Pías.

Me gustaría terminar esta carta fraterna con una invitación bien concreta: que en todas nuestras comunidades dediquemos un tiempo a compartir los retos que nos propone esta primera Clave de Vida de la Orden: la espiritualidad escolapia. Estoy seguro de que encontraremos nuevas preguntas y nuevos caminos de seguimiento y fidelidad.

Recibid un abrazo fraterno.

Pedro Aguado Sch.P.
Padre General

[1] Rahner, Karl. “Cambio estructural en la Iglesia”, Ed. Cristiandad, Madrid 1974, pág. 102

[2] San José de Calasanz. Opera Omnia, tomo III, página 328, documento 1339.

[3] San José de Calasanz. Opera Omnia, tomo III, página 235, documento 1236.

 
Tomado de: Scolopi.org

Reunidos en comunidad de fe…

Así empieza el capítulo tercero de nuestras Constituciones, dedicado a la vida comunitaria escolapia. Y así empieza la segunda “clave de vida” de nuestro 48º Capítulo General, que propone “revitalizar nuestra vida comunitaria y cuidar de modo especial los aspectos centrales subrayados por nuestras Constituciones”.

Quisiera dedicar las próximas salutatios a compartir con todos vosotros algunos aspectos que considero especialmente significativos de nuestro Capítulo General, deseando de esta manera contribuir al proceso de acogida capitularen el que todos estamos metidos. Trataré de hacerlo desde una óptica muy concreta: cuáles son los puntos de atención que nuestro Capítulo nos propone en cada una de las áreas de nuestra vida y misión. Empecemos por la comunidad.

Trataré de organizar mi reflexión desde tres ópticas complementarias: algunos procesos transversales propuestos por el Capítulo, algunas opciones concretas de renovación y, entre ellas, algunas que pueden ser especialmente novedosas y exigentes. Vamos allá.

I-Las dinámicas transversales son muy valiosas. Son capaces de iluminar todas las áreas de nuestra vida, y ofrecen sugerencias de renovación en todas ellas. He elegido cuatro, que el Capítulo General subraya de modo especial en el ámbito de la Vida Comunitaria, pero que, por su propia naturaleza transversal, afectan y dinamizan todas y cada una de las Claves de Vida de las Escuelas Pías. Ciertamente hay unas cuantas más, pero las dejaremos para otro momento.

a. En primer lugar, quiero referirme al tema de los procesos, los itinerarios y los caminos de aprendizaje, que nuestro Capítulo denomina “aprender a aprender”. Pienso que estamos ante una llamada de atención muy significativa para nosotros, educadores. Sabemos que el desarrollo de las personas, la configuración de las opciones, las transformaciones y cambios, no ocurren de la noche a la mañana. Hace falta tiempo, pero tiempo “activo”, tiempo cuidado y pleno de sentido, un tiempo convertido en proceso, en itinerario y en dinámica de aprendizaje.

Nuestro Capítulo General nos invita a “optar por aprender a vivir en comunidad”, a través de procesos e itinerarios formativos que nos ayuden a ello. Incluso nos invita también a “desaprender”, porque puede haber entre nosotros dinámicas que no ayudan y que están consolidadas, y es bueno que las podamos identificar y redefinir.

b. En segundo lugar, me quiero referir a las Constituciones. Nuestro “texto fundamental” es citado en todas y cada una de nuestras Claves de Vida, y eso es algo muy significativo para nosotros. Cuando hablamos de la Vida Comunitaria, lo que dice el Capítulo es “renovar nuestra vida comunitaria y cuidar de modo especial los aspectos centrales subrayados por nuestras Constituciones”. Posiblemente estemos ante una tarea permanente, que debemos saber llevar delante de modo nuevo. ¿Qué nos piden las Constituciones, hoy de modo especial, ante el desafío de la renovación de nuestra vida comunitaria?

Sólo a título de ejemplo, me quiero fijar en el número 28, que dice que “aceptamos de corazón a los demás tal y como son, y les ayudamos activamente a madurar en sus aptitudes y a crecer en el amor”. Es interesante leer esta propuesta hoy, desde la óptica de nuestras comunidades interculturales, intergeneracionales e incluso intervocacionales[1]. Hay mucha tarea por delante.

c. Apunto una tercera consideración, relacionada con dos aprendizajes especialmente resaltados en el Capítulo: el acompañamiento y el discernimiento comunitario. Nuestro Capítulo nos desafía en dos áreas especialmente significativas, en las que creo que tenemos mucho que aprender y que reflexionar. Una es la capacidad que tienen nuestras comunidades de acompañar la vida y el proceso vocacional de los religiosos, y el deseo y apertura de los religiosos a ser realmente acompañados. Las dos cosas son un reto, porque ambas requieren transparencia, deseo de compartir, dedicación de tiempo y dinámicas comunitarias que lo posibiliten. Tengo para mí que más de un problema personal se hubiera resuelto bien -y a tiempo- si esta propuesta capitular fuera vivida de manera más real y frecuente entre nosotros.

El discernimiento comunitario es, sin duda, uno de los elementos más de fondo que tenemos que afrontar. Trataré de dedicar alguna carta fraterna a este tema. Por ahora, basta con resaltar el reto, como hizo el Capítulo, y hacerlo en los términos en los que lo tenemos que hacer: hemos de aprender.

En este tiempo de Pascua leemos los Hechos de los Apóstoles. En esos primeros momentos de la Iglesia, el discernimiento comunitario a la luz del Espíritu, para buscar el querer de Dios, fue lo que les ayudó a buscar respuestas nuevas ante las nuevas situaciones y a superar ataduras antiguas que no tenían sentido desde la experiencia fontal de la Pascua del Señor. Nosotros también nos encontramos en una situación nueva, y necesitamos procesos de discernimiento para encontrar las mejores opciones. Nuestro Capítulo General nos lo propone con insistencia.

d. La cuarta clave transversal que quiero destacar tiene un nombre muy concreto: la Eucaristía. Un Capítulo General que propone insistentemente que no hay más que un centro (Cristo el Señor) y que nos recuerda con claridad que el espacio privilegiado para vivir y compartir ese centro es la Eucaristía, no podía dejar de inspirarnos caminos para vivirlo con creciente autenticidad. Me basta con recordar esta afirmación capitular: “La celebración de la Eucaristía es para nosotros un itinerario de vida, incorporando en nuestro estilo de vida lo que celebramos ritualmente: acogida, perdón, escucha de la Palabra, ofrenda de nuestros dones, vida entregada, acción de gracias y envío en misión[2]”.

II-El Capítulo General propone algunas “opciones de renovación de nuestra Vida Comunitaria” bien concretas y exigentes. Voy a destacar algunas, tomadas todas ellas de las Líneas Generales de Acción aprobadas por la asamblea capitular. No busco desarrollarlas, sólo deseo ayudar a que nos acerquemos a ellas. Cito cuatro de ellas[3].

  1. Hay algunas opciones que son consideradas por el Capítulo como “especialmente urgentes”. Son las siguientes: comunidades abiertas y con capacidad de acogida; comunidades que sean “escuelas de oración”; comunidades que apuestan por la construcción de un nuevo sujeto escolapio formado por religiosos y laicos; comunidades que cuidan y acompañan el proceso vocacional de cada escolapio, religioso o laico. Es interesante que se diga de estas cuatro opciones que son “urgentes”. Las cuatro están expresadas con un matiz de actividad, de proceso, de cambio: ser escuela, acoger, construir, acompañar, cuidar… Es muy sugerente leer estas propuestas desde cada una de nuestras comunidades, como una llamada institucional -es lo que son- a nuestra conversión.
  2. La acogida en nuestras comunidades de la llamada eclesial a la sinodalidadse expresa sobre todo en dos momentos especialmente subrayados por el Capítulo: la Eucaristía y la reunión de comunidad. Está muy claro, hermanos.
  3. Emerge con claridad el rol del superior local y su servicio de liderazgo pastoral. Pienso que en este sexenio debemos avanzar en este tema, desde propuesta sencillas, pero eficaces, de formación, y desde dinámicas que la posibiliten.
  4. Ayudaría mucho que avanzásemos en la dinámica de proyectos (personal, comunitario y de presencia). Tengamos claro que, si sabemos trabajar en este asunto, y si sabemos combinar bien estas tres realidades, obtendremos buenos frutos. Pero no perdamos de vista que el Capítulo nos propone vivir desde los tres y avanzar en los tres. Son diferentes, pero complementarios. Poco a poco.

III-Hay algunas propuestas bastante nuevas, que pueden incluso sorprendernos. Es bueno acogerlas desde esta perspectiva. Tal vez alguna de ellas pueda ser una de esas “sorpresas del Espíritu”. Me centraré en cuatro.

  1. Que las comunidades escolapias sean responsables de la Pastoral Vocacional[4]. Hemos insistido estos años en que en cada Provincia haya un responsable de Pastoral Vocacional, y también en que todos los religiosos deben sentirse responsables de la Pastoral Vocacional. Pero tal vez se nos ha escapado esta propuesta: que las comunidades sean -y se sientan- responsables de la Pastoral Vocacional. Pienso que estamos delante de un reto interesante y muy desafiante, y que puede ayudar mucho en la dinámica de nuestras comunidades. Y en muchas áreas: oración comunitaria, testimonio evangélico, acogida, interés, inclusión del tema en el proyecto comunitario, formación, apoyo al responsable, etc.
  2. Que las comunidades sean “escuelas de vida comunitaria”. Esto se dice expresamente de las casas de formación[5], pero creo que lo debemos aplicar a todas las comunidades, porque de otro modo corremos un riesgo: que lo que se aprende en las casas de formación -si realmente son escuelas de vida comunitaria- se olvide con los años, por falta de práctica, de refuerzo o de coherencia.
  3. La “comunidad cristiana escolapia”. Aparece en casi todas las “Claves de Vida” aprobadas por el Capítulo General. No hay duda de que estamos ante una realidad que no sólo ha venido para quedarse (Reglas 103), sino para crecer y renovar nuestra vida y misión. Entre otras cosas, las comunidades cristianas escolapias ayudan a situar la comunidad religiosa en el conjunto de la presencia escolapia, siendo ésta una de las necesidades mayores que tenemos.
  4. Las “comunidades de comunión”. Sin duda ya existen entre nosotros, pero el Capítulo les ha dado nombre. Además de lo que vivimos en la comunidad religiosa de la que formamos parte, el Capítulo reconoce que los religiosos necesitamos poder reunirnos a otros niveles, “con hermanos con los que pueden compartir su vida y vocación de modos nuevos y creativos[6]”.

Termino con una invitación. La comunidad es nuestra forma de vida, el espacio natural desde el que vivimos, crecemos, trabajamos y oramos. Es quizá uno de los testimonios que más necesitan y buscan los jóvenes de hoy. Y es también una de nuestras nostalgias, y así lo expresamos frecuentemente en nuestros capítulos y asambleas. Tal vez ha llegado el momento de dar pasos, tan humildes como convencidos, tan sencillos como certeros, para ir acercándonos al ideal que buscamos. Y el camino es, sin duda, a través de opciones, apuestas y riesgos. Vivámoslo con alegría.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch. P.

Padre General


[1] 48CG. “Bajo la guía del Espíritu Santo”. Núcleo configurador “Al paso de Jesús”, n. 5.

[2] 48CG. “Bajo la guía del Espíritu Santo”. Núcleo configurador “Al paso de Jesús”, n.11.

[3] 48CG. “Bajo la guía del Espíritu Santo”. Clave de Vida sobre la Vida Comunitaria. Líneas de Acción.

[4] 48CG. “Bajo la guía del Espíritu Santo”. 7ª Clave de Vida: “Pastoral Vocacional”, 2ª tesis.

[5] 48CG. “Bajo la guía del Espíritu Santo”. 8ª Clave de Vida: “Formación Inicial”, 5ª Línea de Acción.

[6] 48CG. “Bajo la guía del Espíritu Santo”. 2ª Clave de Vida: Vida Comunitaria. Línea de Acción n.7

Tomado de: Scolopi.org

Acompañar

Unos días antes de salir de viaje hacia México para participar en el Capítulo General, viajé desde Roma a Génova para acompañar a un joven italiano, Elia Guerra, en su ordenación sacerdotal. El viaje de Roma a Génova en tren dura cinco horas, lo cual permite dedicar tiempo a muchas cosas; también a reflexionar.

En un momento concreto, busqué por internet el trayecto concreto del tren, colocando su número en el buscador. Y allí apareció, completa y detallada, la “hoja de ruta” del viaje: todas y cada una de las paradas, el tiempo de espera en cada lugar, la hora de salida de cada punto, y la hora de llegada del tren a su destino final, la estación de Génova.

Yo estaba preparando una reflexión sobre el acompañamiento de los religiosos adultos jóvenes, que pensaba presentar en el Capítulo General. Y el ejemplo de la “hoja de ruta” del tren me sirvió para hacerme consciente de que nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, y especialmente la vida de los jóvenes escolapios que se ordenan y afrontan sus primeros años de vida adulta no es, en absoluto, como el viaje de un tren. Dios no nos da una “hoja de ruta” en la que se detalla lo que vamos a vivir y cómo lo vamos a vivir. Todo lo contrario, nuestra vida es muy abierta, y en ella vivimos procesos muy diversos que, poco a poco, van configurando el escolapio que somos.

Nuestro desafío es precisamente éste: vivir un proceso en el que podamos crecer en fidelidad vocacional, en experiencia de vida, en discernimiento auténtico, en entrega generosa y en identidad escolapia plena. La “hoja de ruta” está muy abierta, y en ella emergen muchas opciones y posibilidades. Pero el reto es uno: caminar fielmente, día a día, para poder encarnar con el don vocacional recibido llevándolo, poco a poco, a su plenitud.

En este viaje hay una etapa especialmente decisiva, que es la de los religiosos adultos jóvenes. No es ningún secreto que éste es el ciclo vital que más me preocupa. Y la razón de mi preocupación es que estoy convencido de que en esos primeros años se juega buena parte del “éxito del viaje”. Por eso creo que es muy importante para nuestra Orden -y para el conjunto de la Vida Consagrada- acompañar de modo adecuado el proceso de estos religiosos, y hacerlo como lo que son: de modo adulto y maduro. Sólo así funcionará y sólo así podremos llevar adelante este acompañamiento.

Me gustaría ofrecer algunas pistas concretas para este formidable desafío: acompañar a los religiosos adultos jóvenes en su camino escolapio.
Comienzo por el objetivo central de esta etapa: que el joven religioso escolapio que está en sus primeros años de vida adulta se identifique con su identidad. Este es el objetivo: vivir lo que somos, para encarnarlo con creciente autenticidad. Y eso sólo funciona si vivimos cada día como si fuere el primero y el último día de nuestro camino. Me gusta recordar lo que decía el P. Arrupe, que fuera general de la Compañía de Jesús, a sus hermanos adultos jóvenes: “Enamórate. Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces de tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera”.

Esta es la primera clave que hay que saber acompañar: el cuidado y la maduración de la pasión desde la que un joven hace sus votos solemnes y consagra su vida al único Señor. Hay que saber dar nombre al centro, a las razones por las que vives, al motor de tu día a día, a la gasolina que te hace vivir, al día a día que convierte tu rutina en sorpresa y tu quehacer diario en oportunidad. Este es el tema del que siempre hay que hablar, y la clave a la que tenemos que poder acercarnos -si el hermano así nos lo permite- para acompañar su proceso.

En segundo lugar, me gustaría citar tres ámbitos que son especialmente significativos y que hay que saber afrontar y acompañar. Me refiero a tres aspectos bien concretos, que expreso con la brevedad que exige una salutatio, pero que merecerían un desarrollo mucho más amplio. Creo que las claves del proceso son tres: la dirección hacia la que caminamos, los caminos que elegimos y la conciencia compartida desde la que los recorremos.

  1. Cuando contemplo a los escolapios de todo el mundo que están en sus primeros años de vida adulta, me doy cuenta de que la pregunta que les debo hacer es ésta: con qué alimentas el espíritu, qué es lo que te hace crecer en la fe y en las respuestas que una fe viva inspira. El descuido de lo que no es urgente pero sí fundamental, a la larga, siempre se paga. De la respuesta a esta pregunta depende la explicación de su vida cotidiana: la fuerza con la que trabaja, la entrega a la misión o a sus cosas, la transparencia de vida, el cuidado de la vocación, la capacidad de asumir responsabilidades, la disponibilidad para la Provincia, su vida centrada o descentrada, etc.
  2. La segunda pregunta que debo hacerles es consecuencia de la primera: cómo, con quién y a qué nivel compartes esa profunda experiencia que es la razón de tu ser escolapio. A qué nivel te dejas interpelar, con quiénes y de qué manera construyes camino, cómo te dejas ayudar, desde qué contexto comunitario vives, decides, te animas o te serenas, sueñas y construyes. Y no hablo sólo de la comunidad local concreta, sino del grupo de los que “sienten y sueñan con lo mismo”.
  3. Y la tercera es ésta: cómo entiendes y cómo vives la entrega de la vida, el desgaste por los niños y jóvenes, por la escuela, por la Provincia, por la Orden, por el Reino de Dios y su Justicia. Cómo es tu disponibilidad, tu talante, tu aguante, tu paciente escucha y acogida, tu claridad e inteligencia al definir lo que vale la pena y lo que no, etc.

Pienso que las Escuelas Pías tendrán futuro si vivimos una honda y cuidada experiencia vocacional escolapia. La gran incongruencia en la Vida Religiosa es creer en Dios, querer dar la vida por los demás, renunciar a otros aspectos de la vida altamente positivos y sanos, y, con todo, no hacer de Dios y de las claves vocacionales el centro de nuestra vida. Y esto lo veo en demasiados lugares y de diversas formas. Hay que luchar contra ello. Este es el proceso. Somos hombres de Dios, de comunidad y de misión. Estas son las preguntas que nos tenemos que hacer, y esta la profundidad desde las que nos las debemos plantear.

En tercer lugar, quisiera proponer algunas actitudes que ayudan decisivamente en estos procesos, el personal y el del acompañamiento, y que es bueno potenciar. Me referiré -también- sólo a tres.

  1. La búsqueda del equilibrio entre las diversas dimensiones de nuestra vida. No se trata de equilibrar -superficialmente- “lo comunitario” con “el trabajo”, o con “lo orante”, o viceversa. Este equilibrio no es una cuestión de “organización” ni de “agenda”, aunque todo ayuda. No es simplemente un tema de “proporción de horarios”. Es un tema de pasión, de intensidad vocacional, de deseo real de vivir lo que he asumido como vocación, de dejarme contrastar, de aprender. Nuestra vocación es una manera de vivir. La vida es la que hace posible síntesis mayores: entre oración y acción, entre relación y trabajo, entre teoría y praxis, etc. Lo nuestro, insisto en ello, es una manera de vivir. Eso es lo que tenemos que cuidar. Para desarrollar nuestra misión y para vivir en comunidad, y para ser hombres de Dios, se requiere la misma cosa: una vida auténticamente encarnada, de manera que podamos salir de nosotros mismos. Sin ese proceso no habrá vida, y, por tanto, tampoco comunidad y/o misión. Puede parecer extraño que yo diga que el equilibrio es una cuestión de pasión, pero estoy convencido de ello. Pasión desde un centro que se cuida y se vive con honestidad. Sólo ese equilibrio apasionado permite una escucha atenta de la realidad personal, en la que Dios trabaja.
  2. La transparencia de vida. Esta es una de las claves de nuestro proceso, que nos ayuda decisivamente a vivir en fidelidad. Transparencia contigo mismo, con Dios, y con tus hermanos y las personas que te acompañan. A la primera, Calasanz le dio un nombre bellísimo, y la consideró central en los escolapios: conocimiento de ti mismo. La segunda es el camino cierto para una auténtica relación con Dios: nadie engaña a Dios, y nadie se pone en presencia de Dios para ocultar su alma. Más bien lo que hacemos para ocultarnos es olvidar la oración o convertirla en rutina. La tercera es la llave del acompañamiento: encontrar una vida comunitaria y un acompañamiento personal que nos permita caminar con esa libertad que nos da la sinceridad y autenticidad de vida. Cuando nuestro proceso es transparente, la autenticidad es posible y la doble vida -o los atajos- no tienen lugar.
  3. Saber “dar nombre” a lo que vivimos. Esto es lo propio de la madurez. Dar nombre a lo que nos ayuda y a lo que nos atasca. Uno y otro forman parte, de nuestra vida. Y en el ciclo vital que nos ocupa, adquieren formas muy específicas y concretas que es bueno saber reconocer. Unos ejemplos, mezclando trigo y cizaña y sin ningún ánimo de exhaustividad: asumir responsabilidades y saber llevarlas adelante; confundir fecundidad con éxito; estilos de vida que separan -u oponen-vida comunitaria, misión y oración; confundir liderazgo con individualismo; creer que la pertenencia a la Provincia o la confianza del superior depende de los cargos o responsabilidades que te encomienden; trabajar la afectividad como lo que realmente es: una fuerza poderosa que define y cualifica nuestra vida; tener un certero discernimiento para detectar nuestra tentación de mundanidad; luchar contra el clericalismo empezando por reconocer que no estoy libre de él; asumir poco a poco que “pasión y resultados” o “expectativas y frutos” nunca suelen estar en plena relación; trabajar los dinamismos propios de cada uno de los votos que explicitan nuestra consagración, etc.

Finalmente, quisiera recordar que nuestro Capítulo General aprobó introducir en las Reglas un punto muy significativo: la necesidad de que en todas las Provincias se diseñe y organice el proceso propio de un acompañamiento integral de los religiosos que están en sus primeros años de su vida adulta. Estoy seguro de que a lo largo de estos próximos años vamos a aprender mucho de estos procesos tan importantes, que buscan que todos podamos crecer en autenticidad vocacional. Me gustaría apuntar algunos dinamismos que ayudarán a que este objetivo se cumpla bien y pueda dar frutos. Serán tres:

  1. Contar con el parecer y el sentir de los protagonistas. No diseñemos un proceso sin tener en cuenta lo que viven, sueñan o sufren los destinatarios del proceso. Hagamos como hizo Calasanz, cuando planteó a Glicerio la pregunta certera: ¿qué habita en el corazón del joven Glicerio? Este es el punto de partida.
  2. Tener claro el proyecto de vida que nos hemos dado y que la Iglesia ha consolidado, y que está expresado en nuestras Constituciones. Tener en cuenta nuestro proyecto ideal para pensar los pasos que nos pueden ayudar a caminar hacia él es una apuesta segura.
  3. Cuidar los dinamismos de autenticidad en la vida cotidiana de las comunidades y demarcaciones, para que los procesos de acompañamiento no sean islas en medio de la vida real de los religiosos, sino propuestas que fortalecen lo que ya están viviendo y compartiendo en el día a día.

Estamos delante de un reto apasionante. Vivámoslo con la alegría y disponibilidad del que sabe que está tratando de cuidar su propia vocación, el mejor regalo que ha recibido de Dios, nuestro Padre.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch. P.
Padre General

Tomado de: Scolopi.org

Bajo la guía del Espíritu Santo. Primeras intuiciones tras el 48º Capítulo General

A lo largo de los próximos meses iremos recibiendo, poco a poco, diversas informaciones y materiales propios del Capítulo General de la Orden, recientemente celebrado en México. Quisiera dedicar esta carta fraterna a compartir con todos vosotros unas primeras impresiones, quizá a modo de “enumeración desordenada” de ideas, opciones y decisiones. Vamos allá.

El don esencial del Espíritu es Jesucristo. El Capítulo fue convocado desde un lema muy exigente e inspirador: “Bajo la guía del Espíritu Santo”. Nuestra asamblea nos planteó el reto con claridad y profetismo:  somos llamados a caminar desde un único centro, Cristo Jesús, el Señor. Somos invitados a seguirle día a día, y a configurar nuestra vida desde Él, como un proceso permanente de identidad vocacional escolapia. Estamos profundamente agradecidos por ello, y deseamos llevar al conjunto de las Escuelas Pías una renovada llamada a ser testigos del Señor, esperando ser creíbles, porque lo que anunciamos lo vivimos con sencilla y creciente autenticidad.

Renovar nuestras apuestas calasancias. Nuestro Capítulo General subrayó con fuerza la importancia de seguir adelante desde unas Claves de Vida consolidadas, pero que exigen nuevas respuestas y ofrecen nuevos matices. Entre ellas: continuar construyendo las Escuelas Pías, que son un instrumento del Reino; cuidar la vivencia fiel de la vocación recibida, para poder llegar a ser los escolapios que los niños y jóvenes necesitan; alimentar nuestro envío en misión, para encarnar un ministerio que es cada vez más necesario, de modo que nuestro modo de servir a los niños y jóvenes crezca en identidad y en capacidad de nuevas respuestas; una Pastoral Vocacional basada en la oración, en el testimonio, y en el compromiso crecientemente activo para proponer, acompañar y acoger; una Formación Inicial comprendida de modo integral, capaz de acompañar todas las dimensiones de nuestra vocación; una Vida Comunitaria comprendida como seguimiento del Señor y testimonio humilde de su centralidad; una comprensión de nuestra vida como un proceso de creciente fidelidad, siendo ésta la clave de nuestra Formación Permanente: el proceso; una dinámica de Participación basada en la construcción compartida de una Comunidad Cristiana Escolapia en la que confluyan las diversas vocaciones, etc.

Transitar por sendas renovadas. Aparecieron nuevas Claves de Vida, portadoras de retos y desafíos, y que se convierten en llamadas que nos exigen nuevos pasos. Acogemos la llamada a la sinodalidadcomo un camino de escucha, acompañamiento, discernimiento y corresponsabilidad; percibimos nuestra creciente interculturalidad como un desafío de comunión desde la diversidad y de inculturación desde el Evangelio; asumimos el reto de la sostenibilidad integral de las Escuelas Pías, suplicando del Espíritu la misma paciencia y atrevimiento desde las que Calasanz las fundó.

Nos sentimos fuertemente enviados a la Misión. Comprendemos bien la visión de Calasanz, que desde una comprensión integral de la vida escolapia insistió en que el ejercicio del propio ministerio es camino de plenitud. Hemos recibido la desafiante llamada de caminar con los jóvenes para construir juntos caminos de evangelización para los niños, los jóvenes y las familias que viven entre nosotros. Asumimos que el impulso de la identidad calasancia de todas nuestras plataformas de misión debe ser siempre una tarea que impulsar, y siempre de modo compartido con todas las personas que son corresponsables de la misión escolapia. Y hemos reafirmado la llamada a la misión entre los pobres, desde unas Escuelas Pías en Salida y misioneras.

Una nueva “fotografía” de las Escuelas Pías: el Espíritu nos anima a mirar nuestra realidad de modo renovado. La “foto” era diferente: religiosos capitulares, el Consejo de la Fraternidad y los Jóvenes con los que caminamos y con los que compartimos profundamente la Misión. Es bueno comprender que esto es así porque el Espíritu nos ha convocado. Y acogemos la novedad de esta experiencia como un don que debemos cuidar y potenciar. Queremos que la Orden y la Fraternidad caminemos juntos en todas las dinámicas desde las que construimos el sueño de Calasanz. Queremos que los Jóvenes estén presentes en la vida real de las Escuelas Pías, y nos ayuden a no creer que ya hemos dado todas las respuestas que ellos necesitan. Queremos que las personas que comparten vocacionalmente la Misión Escolapia formen parte -real- de la nueva foto. Y queremos que esta sea nuestra manera de vivir y trabajar en todas nuestras presencias.

Algunas decisiones y cambios que se incorporan a nuestra legislación interna. Entre ellas: el desafío de la protección del menor y la lucha contra los abusos sexuales, de conciencia y de poder; la dignidad de la mujer; la lucha contra el clericalismo; el acompañamiento integral de los sacerdotes jóvenes; las claves de una Formación Inicial renovada; el desarrollo del modelo de Presencia Escolapia; el impulso del directorio de Participación; el valor de las comunidades compartidas entre religiosos y laicos; los ministerios escolapios; el desarrollo sistemático de la Pastoral Vocacional; la mayor agilidad y pluralidad en la configuración de las congregaciones provinciales; la importancia de la Comunicación, etc. Cada uno de estos cambios precisan de una adecuada presentación, sin duda; llegará el momento.

El Espíritu nos ha dejado también inquietudes que debemos tratar de responder. Queremos que nos inquiete la opción por los pobres, que fue lo que impulsó a Calasanz a engendrar la Orden; queremos que el desafío de una vivencia escolapia auténtica, tejida de oración, trabajo y comunidad, esté siempre presente en nuestros esfuerzos; queremos que nuestra lucha contra el clericalismo y la mundanidad sean reales y comprometidas; queremos que las Escuelas Pías estén plenas de cuidado por el menor y por el vulnerable, y siempre del lado de quien sufre; queremos que las llamadas que recibimos desde nuestra Iglesia resuenen como invitaciones a la conversión y al compromiso; queremos, en definitiva, vivir la vocación recibida como ofrenda al Dios de las llamadas.

Caminar con los y las jóvenes:  El Capítulo nos invita a compartir los sueños; construir juntos; acompañar en verdad; vivir nuestra fe en profunda apertura y comunión; impulsar con ellos nuevas misiones; hacer camino sinodal; dejar que Calasanz les y nos transforme, etc. El Capítulo nos invita a ello porque lo vivió y lo experimentó. Deseamos acoger los tres gritos pronunciados en el 48CG por el grupo de jóvenes, que afirmaron estas tres convicciones inspiradas en Calasanz y en la experiencia vivida: ser más misioneros; vivir las realidades de los jóvenes promoviendo su utopía y sus proyectos, discerniendo sus necesidades en un acompañamiento generoso; pensar de nuevo cómo vivimos el fondo de todo planteamiento pastoral: Jesucristo. Vivamos, de verdad, desde Cristo.

El Espíritu no se puede controlar. Podemos tratar de dar nombre a sus inspiraciones, pero aparecerán otras. Irán apareciendo en estos meses y años próximos, en los procesos de acogida del Capítulo, en los procesos de camino sinodal, en los procesos capitulares de las demarcaciones, en los encuentros fraternos, incluso, ojalá, en las reuniones de la Congregación General. Un Capítulo no es un evento aislado, sino un proceso de discernimiento y de vida.

Soy consciente de que cada una de estas opciones y decisiones necesita de una más amplia y certera presentación para poder ser bien comprendida y acogida en el seno de las Escuelas Pías. Algunas de ellas serán objeto de estudio en próximas salutatios. Por el momento, he querido ofreceros una presentación inicial, muy sintética, que pueda contribuir a dar comienzo al proceso de recepción del Capítulo, que ha de ser largo y activo. Con el fin de ayudar en ese proceso, me gustaría volver a expresar tres dinamismos que creo que ayudan en el proceso de acogida capitular:

Recibir el Capítulo desde una actitud central, desde una convicción que nos sitúa con claridad en el momento actual de la Orden. Y esa actitud no es otra que tratar de vivir y caminar desde la centralidad de Jesús en nuestra vida, nuestra misión y nuestras opciones. Sólo así podremos acoger este Capítulo como una invitación a “construir Escuelas Pías”.  Este modo de situarnos nos ayuda a entendernos a nosotros mismos como personas corresponsablemente comprometidas en la construcción de una Orden más viva, más misionera, más fiel y capaz de nuevas respuestas. Esto nos compromete a todos. Invitamos a los jóvenes no a repetir nuestros modelos, sino a construir con nosotros aportando su sensibilidad. Proponemos una formación inicial buscadora de una vida consagrada más significativa, no de una sin horizontes. Trabajamos con y por los laicos no para que sean sólo nuestros colaboradores, sino para que construyan con nosotros, corresponsablemente, según su propia vocación. Todo ello nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos como humildes trabajadores de esta mies fertilísima, que es de todos. Trabajamos por vocación.

Purificar nuestros riesgos y aprovechar nuestras oportunidades. Ante la recepción del Capítulo, todos tenemos riesgos y oportunidades. Los primeros deben ser superados, las segundas aprovechadas. Entre los primeros, cito algunos: la tentación de indiferencia (esto no va conmigo, no tiene que nada que ver con mi vida cotidiana y mis necesidades), la vulgarización (“más papeles, como siempre”), la simplificación (de los capítulos, lo que interesa son las elecciones, lo demás se queda en las estanterías), la manipulación (llevar el agua a nuestro molino, en lugar de pensar en lo que yo debo cambiar), el provincianismo (vamos a ver qué nos cabe de este Capítulo en nuestra Provincia, en vez de pensar a qué somos llamados, como Provincia, desde este Capítulo), la ignorancia (ni siquiera tomarme la molestia de leer, porque ya me lo sé todo y tengo otras cosas más importantes que hacer). Hay muchos ejemplos que podemos añadir, pero no es necesario hacerlo, pues lo esencial es ser conscientes de que todos tenemos riesgos en la acogida, porque normalmente las cosas se reciben según el recipiente, y eso no es fácil de evitar.

También tenemos oportunidades. Es bueno que las sepamos aprovechar. Como sencillas sugerencias, apunto algunas: enriquecer nuestra conciencia de Orden, tratando de entender lo que nos preocupa y ocupa, fortalecer y actualizar nuestra comprensión de algunos elementos centrales de nuestro carisma sobre los que podemos leer documentos bien interesantes, aceptar un pequeño movimiento de desinstalación vital pensando en qué puedo colaborar para que sean posibles los grandes desafíos comunes que tenemos como Escuelas Pías, organizar un buen plan de formaciónen la comunidad, trabajando algunos de los documentos capitulares o tener algún retiro de comunidad centrado en lo que puede significar para nosotros las decisiones del capítulo.  

Vivir también este tiempo en dinámica de oraciónNuestras comunidades oraron intensamente antes y durante el Capítulo General, pidiendo al Señor que nuestra asamblea sexenal fuera una “oportunidad del Espíritu”. Pienso que no debemos dejar de hacerlo. Necesitamos situar la acogida del Capítulo en la vida de oración de nuestras comunidades y obras, así como en la nuestra personal. Poco a poco, como la luvia que empapa la tierra -si es constante-, nuestra oración nos irá transformando según el querer de Dios. Por eso, os recuerdo una de las peticiones que forman parte de la oración que se preparó para el Capítulo.

Ven, Espíritu Santo. Ayúdanos a contemplar la vida y el mundo con los ojos de Jesús. Haz de nosotros discípulos humildes y fieles del Señor, como María, nuestra Madre, y como Calasanz, nuestro fundador. Que, por su intercesión, el Capítulo General de nuestra Orden se acoja y se reciba para Gloria de Dios y Utilidad del Prójimo. AMÉN. 

Termino esta carta fraterna con una sencilla historia vivida en el Capítulo, que creo que ilustra muy bien lo que quiero decir en esta carta. Durante el Capítulo tuvimos la oportunidad de escuchar muchos testimonios de los propios capitulares, que nos hablaban de proyectos de la Orden, de las nuevas presencias, etc. Uno de ellos fue del P. Roberto Dalusung, de Asia Pacífico. Sé que él me perdonará por citarle explícitamente. Roberto nos explicó el proyecto de Pastoral Vocacional Escolapia en Asia, sobre todo en países en los que no estamos presentes. Su presentación fue todo un testimonio vocacional, en el que se mezclaban muchos de los valores de los que hablamos en las sesiones de trabajo. Al escucharle pudimos ver lo que significa el amor por la Orden y por Calasanz, la fuerza de la oración, la audacia en la propuesta, la confianza serena en el Dios de las llamadas, el aprendizaje de la generosidad de los jóvenes, el trabajo por la construcción de las Escuelas Pías, la tesonera paciencia del que sabe que el dueño de los procesos es Otro, y muchas cosas más que están en el fondo del alma de cada escolapio. Tal vez por eso la ovación con la que se acogió su testimonio no terminaba nunca. ¡Gracias, Roberto!

Recibid un abrazo fraterno

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

Tomado de: Scolopi.org

A lo largo del próximo año 2022 vamos a vivir un nuevo Año Vocacional Escolapio. Ha sido convocado por la Congregación General en el marco de la celebración del 400º aniversario de la constitución de las Escuelas Pías como Orden religiosa de votos solemnes y de la aprobación de las Constituciones escritas por San José de Calasanz. Estos aniversarios marcan la consolidación de la vocación religiosa y sacerdotal escolapia y expresan profundamente su valor y su significatividad, acrisolada por tantos años de historia. Pienso que dedicar un año a profundizar en nuestra vocación y a encontrar nuevos modos de sembrarla, promoverla, acogerla y acompañarla es algo muy valioso y necesario. Como todo lo que hacemos, este Año Vocacional lo queremos vivir en profundo compromiso con nuestra Misión. Somos para ella y convocamos para ella.

Hace diez años (en 2012) también celebramos un Año Vocacional. Como el actual, también aquél lo convocamos y vivimos inspirados en la figura de Glicerio Landriani. Renovamos hoy nuestra acción de gracias a Dios por la venerable figura de este joven escolapio, y como entonces, seguimos orando para que su santidad y ejemplo de vida puedan ser finalmente reconocidas por la Iglesia. Que Glicerio Landriani, patrono del Movimiento Calasanz, siga inspirando todo lo que podamos vivir en este Año Vocacional. No dejéis de visitar la página web que hemos abierto como aporte a su proceso de canonización.

Decía que hace diez años celebramos otro Año Vocacional. Los frutos que se nos concedieron en ese año no fueron pocos, y tuvieron que ver con muchas decisiones relativas a los equipos vocacionales, a los proyectos de Pastoral Vocacional, a la elaboración de materiales, al crecimiento en nuestra conciencia de que la Pastoral Vocacional a la Vida Religiosa Escolapia es una tarea esencial y prioritaria para todos cuantos formamos parte de las Escuelas Pías. No hemos convocado este Año Vocacional con los mismos objetivos que nos planteamos hace diez años porque, gracias a Dios, no estamos en la misma situación. Hemos caminado bastante. Sigue siendo válido el objetivo que nos propusimos, y que se podía sintetizar como un “hacer las cosas mejor”, pero creo que en este momento de nuestro proceso debemos saber dar nombre a nuevas metas y desafíos. Quisiera proponeros algunos, siempre de modo sintético, porque cada uno de ellos daría para una carta específica, y algunos para un libro. Vamos allá.

1. Una espiritualidad de “construcción de la Orden”. Me lo habéis oído muchas veces, pero quiero seguir insistiendo, porque pienso que estamos ante un tema central. Las Escuelas Pías no son un fin en sí mismas; son un instrumento del Reino. Pero un instrumento muy valioso. En ocasiones se nos olvida que trabajar por la construcción de la Orden, y hacerlo en este aspecto tan esencial como el de la incorporación de nuevos jóvenes que quieran dar su vida como religiosos y sacerdotes escolapios, es una manera formidable de hacer que las Escuelas Pías puedan seguir ofreciendo su aportación al impulso del Reino de Dios.

No basta con dar la vida por la Misión. Hay que construir la Orden. Si Calasanz “sólo” hubiera dado su vida por la Misión, no estaríamos aquí ninguno de nosotros. Calasanz se entregó a la Misión y construyó la Orden, porque comprendió que era fundamental para la misión que asumió como vocación. Creo que estamos ante un reto espiritual, un desafío que tiene que ver con nuestro modo de comprender nuestra vocación. Sacar todas las consecuencias de esta manera de pensar se convierte un riquísimo camino de discernimiento y de enriquecimiento de nuestro modo de vivir, de trabajar y de decidir. Hemos de hacer que esta “espiritualidad de construcción de Escuelas Pías” impregne todas las facetas de nuestra vida. Y hemos de hacerlo por razones misioneras, porque no hay nada más apostólico que convocar a ser apóstoles.

2. Pluralidad y Prioridad. Estamos bendecidos por el precioso don de la pluralidad vocacional escolapia. Han ido naciendo modos diversos de “vivir lo escolapio”, todos ellos valiosos, todos ellos necesarios, todos ellos complementarios. Poco a poco vamos dando nombre a estas vocaciones, y las vamos consolidando con el esfuerzo fiel y creativo de quienes las viven. Damos gracias a Dios no sólo por la diversidad, sino también por la calidad y significatividad de estas nuevas vocaciones, llamadas a enriquecer el don carismático de Calasanz. Pero la diversidad no está reñida con la claridad de que hay una vocación específica que debe ser propuesta, trabajada y comprendida como una prioridad. La vocación religiosa escolapia se basa en la preciosa intuición de “darlo todo”. Todo. Es una respuesta de totalidad. No es mejor ni peor que otras respuestas. Todas son necesarias. Pero la base está en el deseo de totalidad. Sólo hay un amor, sólo hay un centro, sólo hay un deseo. Y eso está en el núcleo de la vida consagrada y, sin duda, en el alma de cada uno de los jóvenes que se plantean la vocación religiosa escolapia.

Deseo repetir algo que ya dije en otra carta fraterna: Dios llama a cada uno desde vocaciones diferentes. Y cada una es plenamente valiosa, porque es la que Dios ha inspirado en su alma. Pero son diferentes. Y la vida religiosa siempre ha tenido, tiene y tendrá un plus, que está en su raíz: dar toda la vida sin reservarme nada para mí; amar totalmente a Cristo y la misión, sin otros amores maravillosos, buenos y santos; confiar plenamente, sin buscar ser el dueño de tu propia vida; buscar vivir libre para la misión, sin más ataduras que tu propia vocación y sus consecuencias. La decisión vocacional sobre el seguimiento de Cristo no es el resultado de una elección en el “shopping” de alternativas vocacionales, todas ellas diversamente iguales y expuestas en el escaparate a modo de una lista de “opciones para elegir”, sino el resultado de una experiencia honesta de búsqueda del querer de Dios para tu propia vida, sin miedo a encontrar en el fondo de tu alma que Dios te está pidiendo “todo”.

3. Ahondar en la dinámica vocacional del Movimiento Calasanz. El Movimiento Calasanz es uno de los tesoros de la Orden. En su seno viven y crecen nuestros niños y jóvenes, en un formidable proceso comunitario, formativo y misionero. Tenemos que seguir reflexionando sobre el impulso de la dimensión vocacional de este proceso pastoral. Es cierto que el proceso, en sí mismo, busca que cada uno de los jóvenes que lo viven encuentre su vocación cristiana. Eso está claro y creo que bien comprendido. Pero creo que el Movimiento Calasanz tiene dentro de sí muchas más potencialidades que descubrir, que tienen que ver con el proceso de discernimiento vocacional de nuestros jóvenes. Propongo al equipo coordinador del Movimiento Calasanz, y a los equipos provinciales y locales, que abran una nueva página en el proyecto que animan, enfocada al impulso de lo vocacional.

4. Espacios privilegiados de búsqueda vocacional. Todo el trabajo educativo y pastoral que hacemos es vocacional. Pero creo que hay algunos espacios que son especialmente privilegiados para que el corazón generoso de un joven se encuentre de modo significativo con la llamada de Dios. Me gustaría sugerir sólo tres, a modo de ejemplo: la experiencia con los pobres, la oportunidad de espacios intensos de oración y la alegría de la comunidad. Creo que nuestros jóvenes necesitan vivir estas tres claves de vida cristiana en su búsqueda vocacional. Tener la experiencia de trabajar en situaciones de pobreza y marginalidad, recibiendo de las personas con las que te encuentras tantas preguntas y tantas miradas; tener la oportunidad de unos ejercicios espirituales en los que puedas orar con intensidad y paz, dejando a Dios entrar en tu vida, tantas veces ocupada por muchas otras preocupaciones; sentir la acogida y escucha de la comunidad escolapia, compartiendo con los escolapios su alegría, su vida y sus sueños, y hacer todo esto de modo acompañado y progresivo, son “oportunidades de Dios”. Dios se manifiesta libremente, pero normalmente no lo hace en una vida dispersa o lineal. La pregunta por la totalidad surgirá de experiencias de totalidad. La pregunta por la vida religiosa podrá brotar de experiencias de misión, de consagración y de comunión. Por esto propongo estos tres espacios privilegiados de llamada vocacional.

5. Propuestas de “quiebre vocacional”. En esta línea, me atrevo a proponer que reflexionemos sobre la posibilidad de proponer a los jóvenes “opciones de quiebre vocacional”. Obviamente, estoy pensando en aquellos jóvenes que manifiestan verdadero interés y apertura vocacional, aunque no tengan clara la manera concreta en la que se sienten llamados a vivirla. Proponer experiencias que rompan la linealidad y la igualdad de propuestas para todos se me antoja como algo que tenemos que saber plantear. Y hacerlo en las tres direcciones señaladas en el párrafo anterior o en otras que consideremos valiosas.

6. Parroquias Escolapias y Cultura Vocacional. Estamos en pleno proceso de puesta en marcha de la Red de Parroquias Escolapias. Estoy muy satisfecho con el camino que estamos recorriendo, que ya ha realizado la primera asamblea general de todos los miembros de esta “red de parroquias”. Sé que, poco a poco, se irán incorporando nuevas parroquias a esta red fraterna y misionera que busca dotar a nuestras parroquias de una mayor identidad calasancia. Pues bien, quisiera proponer a los miembros de esta Red que opten por trabajar a fondo la Cultura Vocacional en el seno de sus parroquias y en la propia red. Creo que este campo está todavía muy inexplorado en muchas de nuestras parroquias, y será muy bueno trabajar sobre él.

7. Ampliar nuestra presencia eclesial. Somos una Orden muy plural, y esto es bueno. Hay realidades diversas entre nosotros en el tema de cómo somos conocidos en la Iglesia y en la sociedad. Pero creo que podemos decir que necesitamos estar más presentes en diversas realidades eclesiales de nuestros países, y que cuando esto funciona bien siempre aparecen jóvenes que se sienten interpelados por una vocación como la nuestra. Es importante que las Iglesias particulares trabajen por la generación de vocaciones como la escolapia, y sólo lo harán si nosotros lo impulsamos y lo provocamos de modos diversos. No es ajeno a este desafío nuestro contacto con parroquias y movimientos juveniles, nuestra presencia en ámbitos universitarios o nuestra participación valiosa y significativa en las redes sociales.

8. Discernir y detectar los giros que debemos dar a nuestros proyectos. Todas las Provincias tienen un Proyecto de Pastoral Vocacional. Creo que este es uno de los frutos más valiosos del Año Vocacional de 2012. Pero sigue siendo necesario trabajar sobre estos proyectos. Necesitamos seguir reflexionando sobre los “giros” que podemos y debemos dar a nuestras planificaciones, materiales y actividades, por muy consolidadas que estén. Mantengamos el dinamismo de revisión y enriquecimiento de nuestros planes y proyectos, y compartamos los nuevos pasos que demos con el equipo de la Orden encargado de la Pastoral Vocacional.

9. Saber acompañar la decisión final de los jóvenes que viven el acompañamiento vocacional. Los responsables de Pastoral Vocacional conocen bien esta experiencia. Jóvenes que han vivido con interés y constancia el proceso de acompañamiento vocacional, cuando llega el momento de la decisión final y de dar el paso a iniciar el proceso formativo en nuestras casas, se echan atrás y no dan el paso. En ocasiones por presiones familiares o del contexto en el que viven, o por dificultades que pueden ser acompañadas, tenemos jóvenes que “al final no entraron”. Posiblemente siempre va a ocurrir esto, pero podemos y debemos plantearnos cómo acompañar estos momentos finales y -también- cómo saber esperar de modo disponible y acompañado un replanteamiento vocacional de un joven que en su momento no dio el paso, pero nunca lo descartó del todo.

10. Oración por las vocaciones. Nuestras comunidades oran por las vocaciones escolapias. Esto es claro y bueno. Lo valoro y lo admiro. Pero hay pasos que todavía no hemos dado, como, por ejemplo, la oración por las vocaciones escolapias pública, comunitaria y frecuente en todos los ámbitos de nuestra vida y misión. Hemos de orar por las vocaciones con los niños, con los jóvenes, con las familias, con los educadores, con los muchachos del Movimiento Calasanz. Hemos de trabajar para que la conciencia de que nuestros niños y jóvenes necesitan escolapios sea cada vez más clara y madura. Creo que este puede y debe ser también un buen fruto del nuevo año vocacional.
Me quedo aquí, con estas diez aportaciones. Pero no quiero terminar sin invitaros a continuar la reflexión, y a dotar a este Año Vocacional de toda la riqueza que podamos ofrecer y todo el esfuerzo compartido que podamos realizar. Nunca olvidemos que la mies es abundante y los braceros pocos; roguemos al dueño de la mies que envié obreros a su mies.

Recibid un abrazo fraterno.

Pedro Aguado Sch.P.
Padre General

 
Tomado de: Scolopi.org

Escribo esta carta fraterna poco antes de salir de viaje hacia México, para participar en el 48º Capítulo General de nuestra Orden. Llevamos tiempo esperando este Capítulo, que tuvo que ser aplazado varios meses a causa de la situación sanitaria que vivimos. Finalmente, si no hay novedad, podremos celebrarlo, siempre teniendo en cuenta las normas de prudencia natural que nos ayuden a vivirlo con la mayor seguridad posible para todos los participantes.

Quisiera compartir con todos vosotros unas sencillas reflexiones sobre lo que significa para nosotros celebrar y acoger el Capítulo General. Quiero referirme al contexto en el que lo celebramos, al reto de acogerlo -posteriormente- en la vida cotidiana de las Escuelas Pías, y a algunas de las grandes cuestiones que a las que dedicaremos nuestro trabajo

CONTEXTO

Es imposible recoger todas las “claves de contexto” que definen el momento en el que celebramos el Capítulo General, pero sí que es posible citar algunas -a título de ejemplo- que son especialmente influyentes.

No hay duda de que, desde el punto de vista eclesial, hay una serie de llamadas a las que podemos y debemos ser especialmente sensibles. Entre ellas, las siguientes: la reconstrucción del Pacto Educativo Global a la que nos llama el Papa Francisco; la invitación a trabajar por una Iglesia sinodal, desde las claves de la participación, la comunión y la misión; las propuestas de “Laudato Si’” y de “Fratelli tutti”; la acogida del pobre, del diferente y del migrante, o la llamada a un renovado impulso de la Pastoral con Jóvenes en la línea de “Christus vivit”. Todas ellas, y muchas más, son opciones que la Iglesia nos propone y que las acogemos desde el centro de nuestro carisma.

Socialmente está bastante claro que el contexto provocado por la pandemia que vivimos debe ser tenido muy en cuenta por nuestro Capítulo. No sólo por las consecuencias que está provocando, sino porque está poniendo de manifiesto diversos desafíos que estaban presentes antes del COVIV-19 pero que la pandemia ha contribuido a explicitar: temas relacionados con los desafíos educativos de nuestro mundo; la necesidad de una ecología integral; la sostenibilidad económica de nuestra misión; la atención a las búsquedas de una “vida con sentido” por parte de los jóvenes, etc. La post-pandemia, que aún quizá no ha comenzado, necesita ser bien analizada y discernida.

Y en nuestro pequeño contexto escolapio también hay puntos de atención muy significativos: la celebración del 400º aniversario de la elevación de las Escuelas Pías a la categoría de Orden religiosa de votos solemnes y de la aprobación de las Constituciones escritas por San José de Calasanz son datos especialmente significativos para nosotros, pero hay más: el Año Vocacional, la necesidad de redefinir prioridades para nuestras “claves de vida”, el proceso de consolidación, reestructuración y expansión que vivimos; el desarrollo del nuevo “sujeto escolapio”, o la experiencia de la apertura de nuevos modos de relación y de construcción de “vida de Orden” a través de las posibilidades tecnológicas, etc.

ACODIDA

Todos sabemos que un Capítulo General necesita tiempo para ser comprendido, recibido y acogido en una realidad tan amplia y plural como la nuestra. Pero, si lo sabemos hacer, estos dinamismos se van produciendo poco a poco, y terminan por marcar dirección. Esta es una de las grandes virtualidades de los Capítulos Generales: señalan el horizonte al que deseamos tender y el caminoque podemos recorrer.

Yo he podido participar en cuatro Capítulos Generales (1997, 2003, 2009 y 2015). Estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene una memoria propia de estos Capítulos (y de los anteriores, aquellos que los hayan vivido). Me gustaría compartir la mía con vosotros, para ilustrar lo que significa acoger un Capítulo y avanzar por los caminos trazados por él.

Los Capítulos trabajan y reflexionan sobre muchos temas, analizan la realidad, elaboran planificaciones, aprueban o no proposiciones y propuestas. Pero cada uno de ellos hace algunas aportaciones significativas, que son las que terminan marcando línea y renovando nuestras Escuelas Pías. Voy a poner algunos ejemplos de los capítulos en los que he participado.

El Capítulo General de 1997 aprobó un documento muy significativo: “El laicado en las Escuelas Pías”.Este documento ha marcado decisivamente -y continúa haciéndolo- la vida de las Escuelas Pías. Aquel Capítulo General consolidó el camino compartido entre religiosos y laicos, presentó las modalidades diversas desde las que el laicado participa en la vida y misión escolapias, marcó itinerarios, inspiró directorios, y orientó todas las decisiones y opciones desde las que las Escuelas Pías han transformado profundamente su propia realidad. Sin este documento, y sin esta decisión capitular, no estaríamos donde estamos. Y todavía hoy seguimos acogiendo este documento, porque sigue siendo necesario trabajarlo en todas nuestras demarcaciones y presencias.

El Capítulo General de 2003, además de aprobar un documento institucional muy valioso (lo tituló “Desde Cristo” y supuso un subrayado muy fuerte de lo que significa para nosotros buscar la centralidad de Cristo en nuestra vida, tema que será especialmente trabajado en el Capítulo General de 2022) dio a luz dos documentos institucionales muy importantes que, sin mucho “protagonismo público”, nos han ayudado decisivamente en estos años. Hablo del Directorio de Economía (“Gestión de los bienes económicos”) y el documento sobre el Ministerio Escolapio (“Evangelizar educando con estilo calasancio”). En estos años hemos avanzado mucho en todo lo relativo a la gestión económica de nuestros bienes y, por otro lado, no hay duda de que el documento sobre el Ministerio Escolapio aprobado por este Capítulo provocó un riquísimo trabajo sobre la identidad y calidad calasancia de nuestro ministerio. Seguimos trabajando desde lo recibido por aquel Capítulo.

El celebrado en 2009 (en Peralta de la Sal) nos ofreció una valiosa y rica serie de documentos. Yo creo que hay al menos cuatro grandes opciones subrayadas por aquel capítulo, siempre en continuidad de lo aprobado por los anteriores y siempre en sintonía con la vida de la Orden. Me estoy refiriendo a las siguientes: la apuesta por la expansión de la Orden, con los criterios desde los que se debía caminar; los diez elementos de identidad calasancia, que tanto nos han ayudado mejorar nuestra propuesta ministerial en cada una de nuestras plataformas de misión; la mayoría de edad de la Educación No Formal en las Escuelas Pías y, finalmente, la decisión de ir adelante con el proceso de reestructuración y revitalización de la Orden. Este capítulo es bastante reciente, y no es necesario abundar en la importancia de las opciones por las que apostó, porque están a la vista de todos nosotros.

Finalmente, el celebrado en Hungría en 2015 ofreció a la Orden las “Claves de Vida” que han ido inspirando el proceso global del sexenio que termina. Caminar con “claves de vida” claras y consensuadas hace posible que la Orden pueda avanzar de modo sistémico y sistemático en todas las áreas propias de nuestra vida y misión. Puedo decir, al término del sexenio, que estas “claves de vida” han sido decisivas para la Congregación General y para el conjunto de las demarcaciones, que han sabido integrarlas y adaptarlas a su realidad, para renovarla en comunión de Orden, siempre con la mirada en el conjunto de las Escuelas Pías. Son “claves de vida” que todavía tienen mucho que decir. Del Capítulo General de 2021 (2022) esperamos nuevos acentos y claridades para el desarrollo de estas “claves de vida”.

Pienso que en esto consiste el proceso de acogida y puesta en marcha de nuestros Capítulos. Hacen falta años, pero no hay duda de que las decisiones que se toman marcan dirección y, si los sabemos entender y respetar, nos ayudan a caminar en fidelidad al Espíritu, a la Iglesia y al Carisma del fundador, y nos impulsan a dar cada vez una mejor respuesta a los niños y jóvenes, que son el sentido de nuestra vida.

MÉXICO 2022 

No es necesario que me refiera a todos los temas que tenemos previsto trabajar en este Capítulo General, porque son conocidos por todos vosotros y me he referido a ellos en diversas cartas. Tan sólo quiero decir alguna cosa de todos ellos.

Un Capítulo General no puede ofrecer una “doctrina completa” sobre un tema, ni puede tomar todas las decisiones posibles sobre cada uno de ellos. Pero sí que puede poner sobre la mesa de la Orden algunos temas que son especialmente significativos, y ofrecer orientaciones importantes para desarrollarlos.

Este Capítulo General nos propondrá entrar a fondo en temas muy importantes y que están en este momento en pleno desarrollo en la Iglesia, en la sociedad y en las Escuelas Pías. Me refiero a cuestiones tan de fondo como la sinodalidad, la sostenibilidad integral de la Orden, la relación entre interculturalidad e inculturación, la renovación de nuestra cultura de Orden o la centralidad del Señoren nuestra vida. Son desafíos muy fuertes y significativos que nos van a marcar en los próximos años. Este es el valor de un Capítulo General: recoger las llamadas que recibimos de la Iglesia, de la sociedad y de la propia vida de la Orden; recibirlas y acogerlas desde nuestra vocación; y tratar de señalar nuevos horizontes y caminos de renovación. Demos tiempo -años- a este Capítulo, y celebrémoslo y acojámoslo en espíritu de discernimiento y misión.

La recepción de un Capítulo tiene los mismos dinamismos –en pequeña escala- que un Sínodo o que una encíclica en el conjunto de la Iglesia. Es lenta, debe trabajarse mucho en ella, porque es un hecho que se produce o no, y no se “decreta”, sino que se constata a posteriori. Nuestra Orden tendrá, en los próximos años, un gran desafío: acoger –o no- el Capítulo General. Porque puede ocurrir que no lo acojamos, o que lo hagamos de modo superficial. Si esto fuera así, estaríamos perdiendo una oportunidad.

Trabajar por la recepción del Capítulo no consiste solamente en animar a leer los documentos o impulsar planes formativos para que aquéllos sean mejor conocidos y estudiados. Para que se produzca la recepción del Capítulo es necesario un dinamismo global, que supone actitudes positivas y operativas. Supone acercar las decisiones y opciones capitulares al conjunto de los religiosos y laicos escolapios, ayudar a los jóvenes a conocerlas y descubrir las potencialidades y exigencias que encierran, impulsar iniciativas y apuestas concretas que hagan posible lo que el Capítulo aprobó. Si “no ocurre nada nuevo” después de un Capítulo General, es porque nada nuevo se dijo o porque no hemos sido capaces de acoger las novedades que aprobamos.

No quiero terminar esta carta fraterna sin agradeceros a todos vuestra acogida, paciencia y colaboración a lo largo de estos años de servicio a la Orden como Padre General. Que el Señor nos bendiga y nos inspire en este nuevo periodo de la vida de las Escuelas Pías.

Recibid un abrazo fraterno

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

 
Tomado de: Scolopi.org

En las numerosas ocasiones en las que a lo largo de estos años he podido encontrarme con tantas personas que aman a Calasanz y colaboran con las Escuelas Pías, he solido hablarles utilizando un pasaje del Evangelio de San Mateo (Mt 11, 42) que es particularmente significativo y que dice así: “Cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua, a uno de estos pequeños, por su calidad de discípulo, no se quedará sin recompensa, os lo aseguro”.

Me gusta pensar este pasaje como si estuviera dirigido a todas esas personas -muchísimas- que colaboran con el proyecto calasancio en tantos lugares del mundo. Y lo hacen de manera diferente, generosa, sencilla, humilde. ¡Cuánto tenemos que agradecer a nuestros benefactores, a quienes nos ayudan de tantos modos!

Memoria y Profecía son dos dimensiones complementarias de toda la experiencia histórica de la Vida Consagrada en la Iglesia. Es probable que sólo si las combinamos bien podamos extraer de ambas la profunda riqueza que encierran. Miramos nuestra historia para fortalecer las claves desde las que construir el futuro, no para quedarnos en la nostalgia de lo que ya pasó. Y construimos el futuro desde lo que hemos aprendido y recibido de nuestros mayores, como “pequeños en hombros de gigantes” que pueden ver más allá de sí mismos porque tienen el apoyo de quienes vivieron antes que ellos.

Después de año y medio, seguimos viviendo en medio de una pandemia que no estamos siendo capaces de controlar y que todavía no sabemos cuándo y cómo terminará. Está siendo, sin duda, una experiencia excepcional para toda la humanidad y, por lo tanto, para la Vida Consagrada y para el conjunto de las Escuelas Pías.

Nos podemos acercar a esta experiencia desde puntos de vista muy diversos, pero yo quisiera hacerlo desde una perspectiva en la que vengo pensando hace bastante tiempo y que se basa en una convicción muy concreta. Me gustaría formular esta convicción con la ayuda de una pregunta: ¿qué está haciendo surgir el Espíritu en medio de estas difíciles circunstancias que estamos viviendo, en medio de una pandemia que parece no tener fin?

La sinodalidad básica
 

Como todos sabéis, el Papa Francisco ha puesto en marcha un formidable proceso de discernimiento eclesial sobre la sinodalidad. Durante dos años, toda la Iglesia va a trabajar sobre este apasionante desafío de busca una “Iglesia sinodal, desde la comunión, la participación y la misión”.[1]

No hay duda de que éste es el contexto desde el que vamos a vivir, trabajar y acoger nuestro 48º Capítulo General, previsto para el próximo mes de enero. La sinodalidad será, también, uno de los temas específicos que trabajaremos en las reuniones capitulares.

Crecer “como Dios manda”
Carta a los hermanos - Junio

Escribo esta carta fraterna en pleno proceso de reflexión sobre los grandes núcleos que serán trabajados en nuestro próximo Capítulo General, y poco después de haber participado en la asamblea de la Fraternidad General Escolapia, que se celebró en modalidad online a causa de la situación de pandemia que vivimos. En ambos contextos estamos hablando del proceso de crecimiento que vivimos, y nos alegra saber que en diversos contextos de las Escuelas Pías se van incorporando cada vez más jóvenes que quieren ser religiosos, o que la Orden se va extendiendo poco a poco en nuevos contextos y en nuevas misiones. Nos alegra profundamente porque nuestra misión es servir, y todo lo que hagamos y vivíamos siempre será menor que las necesidades y desafíos que tenemos. Nos alegra ir creciendo poco a poco.

“Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador”
Carta a los hermanos - Mayo

Dedico esta Salutatio a una reflexión compartida sobre uno de los desafíos más fuertes que tenemos como cristianos y como religiosos: el clericalismo. Estamos ante una de las dinámicas eclesiales más denunciadas por el Papa Francisco a lo largo de su pontificado, y creo que vale la pena reflexionar sobre ella desde el contexto de nuestras Escuelas Pías.

Titulo la carta con la oración del publicano, contenida en el Evangelio de Lucas y presentada como alternativa a la oración del fariseo. Y lo hago porque creo que esta parábola, conocida popularmente como “la del fariseo y el publicano[1]” es una de las más claras para entender lo que significa el clericalismo y los graves peligros que encierra. Como en casi todas las parábolas del Evangelio, es muy importante leer a quién va dirigida. Se suele desatacar este detalle al comienzo de la narración, pero a veces se nos escapa. Jesús dirige esta parábola a “los que presumen de ser hombres de bien y desprecian a los demás” (Lc 18, 9). Efectivamente, el fariseo dice “te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”. Y enumera la lista de cosas que hace bien, su alto grado de cumplimiento de los mandatos de la ley. Su autoconciencia es de superioridad, y su actitud ante el otro es de desprecio porque lo considera “un creyente de segundo nivel”. Es una parábola contra el clericalismo.

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