CARTA A LOS HERMANOS MAYO 2021

“Señor, ten piedad de mí, que soy un pecador”
Carta a los hermanos - Mayo

Dedico esta Salutatio a una reflexión compartida sobre uno de los desafíos más fuertes que tenemos como cristianos y como religiosos: el clericalismo. Estamos ante una de las dinámicas eclesiales más denunciadas por el Papa Francisco a lo largo de su pontificado, y creo que vale la pena reflexionar sobre ella desde el contexto de nuestras Escuelas Pías.

Titulo la carta con la oración del publicano, contenida en el Evangelio de Lucas y presentada como alternativa a la oración del fariseo. Y lo hago porque creo que esta parábola, conocida popularmente como “la del fariseo y el publicano[1]” es una de las más claras para entender lo que significa el clericalismo y los graves peligros que encierra. Como en casi todas las parábolas del Evangelio, es muy importante leer a quién va dirigida. Se suele desatacar este detalle al comienzo de la narración, pero a veces se nos escapa. Jesús dirige esta parábola a “los que presumen de ser hombres de bien y desprecian a los demás” (Lc 18, 9). Efectivamente, el fariseo dice “te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”. Y enumera la lista de cosas que hace bien, su alto grado de cumplimiento de los mandatos de la ley. Su autoconciencia es de superioridad, y su actitud ante el otro es de desprecio porque lo considera “un creyente de segundo nivel”. Es una parábola contra el clericalismo.

Desde mi punto de vista, la raíz del clericalismo está perfectamente retratado en esta parábola, y consiste en sentirse superior a los demás “a causa de su oficio o de su papel en la Iglesia”. Por eso, el clericalismo introduce una dinámica de ruptura en la comunión eclesial, y conduce al estamento clerical al riesgo de la autosuficiencia y, de ahí, a muchos otros escenarios, algunos de ellos extremadamente graves y dolorosos, como hemos podido experimentar.  

Pienso que está creciendo entre nosotros la conciencia de que el clericalismo es uno de los males más graves que vivimos en la Iglesia, y que nos afecta a todos, también a la Vida Consagrada, y también a nuestra Orden. Y aunque pueda resultar sorprendente, también a los laicos y laicas que caminan en el seno de las Escuelas Pías. Pero al mismo tiempo que crece la conciencia de este riesgo, dudo que esté creciendo la claridad sobre lo que significa y las dinámicas destinadas a superarlo. El clericalismo no se supera “por decreto”, sino a través de un largo proceso de “desaprender lo aprendido y de aprender lo nuevo”. Como todas las tendencias arraigadas, hace falta un largo proceso de transformación. Hay mucho camino por hacer. 

Es muy importante no caer en simplificaciones. El clericalismo no tiene nada que ver, por ejemplo, con el uso del hábito escolapio o con la celebración cuidada y bella de la Liturgia. Yo he conocido religiosos con pantalón vaquero -o con chaqueta y corbata- sumamente clericalistas y escolapios con una sotana bien sudada y llena de trabajo, humildes y servidores, a los que los jóvenes les daba una profunda alegría acercarse y sentirse escuchados por ellos. La ropa que utilizamos debe servir para lo que estamos llamados a ser: hacernos cercanos, y nunca convertirse en expresión de poder o de elitismo. Cuando esto ocurre, algo no funciona bien en nosotros. Igualmente, conozco sacerdotes que confunden la “celebración cercana y pedagógica” con la chapuza, sacerdotes que celebran la Liturgia con un precioso -y pedagógico-cuidado del lenguaje sacramental y ritual, así como otros que son “ejemplos” de aquella rigidez que absolutiza lo relativo, una idolatría semejante a la que relativiza lo absoluto. La simplificación no es el camino; nunca lo ha sido. El clericalismo es algo más profundo.

El clericalismo es, a la vez, una actitud y una estructura. Es una mentalidad que tiende a cristalizar en una cultura. Por eso su extirpación exige un trabajo serio y profundo, sistémico y certero. La actitud del que “cree que por ser sacerdote está por encima de los demás y, por lo tanto, no debe ser juzgado por los demás” -lo segundo es consecuencia inmediata de lo primero-, se consolida poco a poco en una cultura o estructura clerical. Si la “actitud clericalista” puede definirse como la de aquél que siente que su ordenación o su vocación le hace superior, la cristalización de esa mentalidad en una cultura -o cultura organizacional- podría definirse como la “preocupación consciente o inconsciente por promover el interés particular del clero y por proteger los privilegios que tradicionalmente han sido otorgados a aquellos que se encuentran en el estado clerical[2].

Esta “cultura clericalista” degenera siempre en dinámicas que no ayudan en nada a la construcción de la Iglesia y, en nuestro caso, de la comunidad cristiana escolapia. Aparece enseguida problemas como el autoritarismo, la ausencia de corresponsabilidad, la minusvaloración del papel de la mujer en la Iglesia, la excesiva dependencia del sacerdote o del superior, etc.  Seamos conscientes de ello.

Y, sin duda, el clericalismo trae consigo la más grave de las consecuencias: la transgresión de los límites, que ha llevado a las dolorosas consecuencias que todos conocemos. La falta de respeto al otro, sostenida por la idea de que tenemos derecho a superar los límites de ese respeto, está en la base de todo lo relacionado con los abusos en el seno de la Iglesia. Muchos estudiosos relacionan esta dinámica con cierta visión del sacerdocio como representante de un poder sagrado, de un Dios autosuficiente y cerrado en lugar del Dios Padre de Jesucristo. El ya conocido como “síndrome del elegido” profundiza en esta línea de reflexión. Un ejemplo de este síndrome es el del rey David, con clara conciencia de haber sido elegido por Dios y que fue incapaz de respetar los límites. Esto le llevó al abuso de poder, de conciencia y sexual. El clericalismo tiende a situar a las personas y a las instituciones por encima de los límites. Por eso el Papa Francisco insiste tanto en este tema. 

Dando un paso más, me gustaría acercarme a tres sencillas reflexiones, pensando en nosotros. Creo que en nuestro seno hay algunos síntomas del virus del clericalismo, del mismo modo que hay algunas claridades de cómo se supera, así como algunos desafíos que nos podemos plantear. Me gustaría decir algo de cada uno de estos tres aspectos.

Algunos “síntomas”. A lo largo de estos años he ido viendo actitudes (personales e institucionales) que son “banderas rojas” que nos tienen que hacer pensar. Hablo con libertad, seguro de que todos nos podemos sentir incluidos en algunos de estos síntomas, porque “quién esté sin pecado, que tire la primera piedra[3]”. 

  • He visto religiosos, por desgracia jóvenes, que piensan que porque son escolapios no tienen las mismas obligaciones que los profesores del colegio o que no deben respeto y acogida al director -o directora- laico de la escuela, o que podían permitirse el lujo de faltar a una reunión del claustro;
  • he visto religiosos con responsabilidad institucional decir públicamente que un religioso siempre es mejor director que un laico;
  • he visto formadores permisivos con actitudes o dinámicas clericales de sus formandos o incluso provocadores de las mismas;
  • he visto religioso afanados en su imagen, en su prestigio o en su deseo de tener cargos de importancia;
  • he visto formadores transmisores de un estilo de vida de “superior a súbdito”, incapaces de generar la dinámica fraterna que caracteriza a la vida consagrada y que dignifica el servicio de autoridad;
  • he visto tentaciones de falta de profesionalidad, de no prepararse lo suficiente, de improvisar, de no preparar con hondura lo que vas a hacer o decir;
  • he visto dinámicas de abuso de conciencia o de poder en algunas situaciones.

Todo eso es real. Y más cosas que podríamos decir o compartir en reuniones en las que nuestro objetivo fuese discernir cómo acompañar al Papa Francisco en su deseo de una Iglesia más samaritana y más servidora y generadora de comunidad.

Hablo de los síntomas de la enfermedad. No de los innumerables signos de “vida calasancia” que percibo en la Orden, preñados de humildad y de servicio. Será bueno escribir otra carta sobre eso. A lo mejor me animo. Me inspira el crecimiento entre nuestros jóvenes de la aspiración de ser “Simply Piarist”. Esa es la dirección adecuada.

Algunas claridades para superarlo.  Leyendo al Papa Francisco, veo que las orientaciones que da para superar el clericalismo se pueden sintetizar así:  prioridad absoluta de la misión en la Iglesia; mayor proximidad del clero especialmente con aquellos que están en la periferia de la sociedad; inclusión apropiada de laicos y laicas en los procesos de toma de decisiones en la Iglesia; mayor formación para todos; mayor énfasis de la primacía del sacramento del Bautismo y del Pueblo Santo de Dios a cuyo servicio está el clero; una mayor valoración de la infalibilidad de los fieles in credendo y del sensus fidei; confiar verdaderamente que el Espíritu Santo está bien presente entre los fieles laicos.

Estas aportaciones que el Papa está haciendo en diversos momentos las podemos sintetizar en esta clarividente afirmación: “en el pueblo de Dios, fiel y silencioso, reside el sistema inmunitario de la Iglesia[4]”. Para nosotros, escolapios, hay algunas consecuencias interesantes que estamos llamados a pensar y que son consecuencias de estas líneas propuestas por el Papa.

  • Somos para la Misión. Dedicar nuestras energías a servir, a trabajar, a dar lo mejor por los niños y jóvenes, a estar siempre con ellos y entre ellos, nos ayudará a no pensar en nosotros, sino en aquellos a los que servimos y para quienes existimos. Vivir siempre desde el primer amor, luchando por no caer en las tentaciones que la vida nos va proponiendo y en las que, sin darnos cuenta, podemos ir entrando. El clericalismo anida en quienes piensan en sí mismos y se consolida en una institución autorreferencial o autosuficiente, incapaz de abrir sus ventanas al aire que la renueva.
  • La pobreza, y el trabajo entre los pobres, nos aligera el corazón de cargas egoístas y nos mueve a ser servidores. Y esto pasa a nivel personal, comunitario e institucional.
  • La dinámica propia del trabajo en equipo, la consolidación de la relación adecuada con la Fraternidad, el trabajo desde el modelo de “presencia escolapia”, la búsqueda nuevas formas más corresponsables de “gobierno y dirección de nuestra misión”, el trabajo en red, etc. Todas estas dinámicas, ya presentes entre nosotros, piden ser verdaderamente valoradas y consolidadas. Ofrecerán frutos, sin duda.
  • Avanzar en nuestra formación conjunta, la de todos. No unos que forman a otros, sino una formación compartida por todos, porque todos la necesitamos.
  • La gran ventaja de la Vida Consagrada radica en que la clave está en la consagración, no en el cargo -temporal- que una persona asume. Es la gran ventaja de la Iglesia, en la que lo esencial es el Bautismo, no el servicio que algunos asumen por vocación o elección. Profundizar en todo lo que significa la generación de corresponsabilidad -organizada- nos ayudará mucho.
  • Entender que el pecado del clericalismo es de doble dirección. No es un problema exclusivo del “clero”; también lo es del laico que no asume su condición y que se habitúa a un perfil de escasa corresponsabilidad. A veces los laicos son más clericalistas que los religiosos o sacerdotes.

Algunos desafíos que nos podemos plantear. Percibo algunos nuevos horizontes que se abren ante nosotros, en forma de desafíos positivos que nos van a ayudar a dar pasos en la buena dirección. El cambio de una “cultura” exige procesos, pero también exige decisiones.

  • Ser “clérigos regulares no clericalistas”. Calasanz nos fundó como “Clérigos Regulares”. No hay muchas Órdenes o Congregaciones que fueron fundadas así. Os paso los nombres, porque nos viene bien formarnos en estas cosas: Teatinos, Barnabitas, Jesuitas, Somascos, Camilianos, Caracciolinos, Madre de Dios y Escolapios. Intuyo que profundizar en las claves desde las que Calasanz tomó sus decisiones y caminar por las sendas que él recorrió nos va a ayudar a ser religiosos y sacerdotes alejados de la tentación de vivir nuestra condición como un privilegio. No olvidemos que los Clérigos Regulares nacen en un momento muy especial de la vida de la Iglesia, y como alternativa a un modelo sacerdotal tocado de ambición y de escasa formación. Surge como una nueva forma de vida religiosa buscadora de autenticidad. Vendrían bien pensar en programas o planes de acción en esta dirección.
  • Una Formación Inicial capaz de sanar este problema. No hay duda de que la Formación Inicial es decisiva en este aspecto, como en todos. Los jóvenes en formación son esponjas capaces de absorber todo lo bueno que perciben en sus mayores, pero también, de modo inconsciente, todas las contradicciones. Trabajar nuestra formación inicial en esta línea nos desafía con fuerza. Sólo a título de ejemplo, quisiera recordar algunos criterios que emergieron en el último encuentro de formadores de la Orden, convocado en julio de 2019 en Roma y enfocado en el tema de la lucha contra los abusos sexuales, de conciencia y de poder. En este encuentro se proponían cosas como éstas: dinámica desde la que los formadores se capacitan en todos estos temas, la accountability del formador en su desempeño, el equipo desde el que se contrasta el trabajo formativo, la dinámica desde la que los jóvenes ganan en protagonismo corresponsable sobre su propio proceso, la profundización en una formación inicial capaz de generar una vida religiosa liberada del clericalismo, etc.
  • La sinodalidad forma parte del horizonte de renovación de la Iglesia y, consiguientemente, de todas las instituciones religiosas. Nuestra Orden tiene una larga experiencia en este campo, pero no hay duda de que hay áreas en las que podemos y debemos renovar nuestro esfuerzo. Por ejemplo, el papel de la reunión semanal de comunidad (la “teología de la mesa”); procesos capitulares más participados; una mayor profundización en todo lo que significa el discernimiento comunitario; la generación de corresponsabilidad entre religiosos y laicos, aprovechando las plataformas que tenemos o creando otras, etc.
  • La vivencia cada vez más auténtica, equilibrada, mística y profética de nuestra vocación. Estas cuatro notas de nuestra vocación, que vienen propuestas en uno de los documentos precapitulares que se han preparado en estos meses, son realmente “llave de un futuro mejor” para las Escuelas Pías. Me gusta recordar que esta propuesta fue central en las reflexiones del Concilio Vaticano II. El mismo decreto sobre el ecumenismo lo explicita de manera difícilmente mejorable: “Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad a su vocación”[5].

No perdamos nunca de vista el pensamiento de Calasanz, consciente de que por nuestros propios medios no podemos alcanzar esa autenticidad vocacional que buscamos. “En actitud humilde debemos esperar de Dios Todopoderoso, que nos ha llamado a esta mies fertilísima, los medios necesarios que nos transformen en dignos cooperadores de la verdad”[6]. Hemos de poner los medios a nuestro alcance, fruto de un discernimiento certero y exigente, y orar intensamente al Señor de toda vocación para que nos ayude en este proceso de “transformación” al que somos llamados.

Recibid un abrazo fraterno

P. Pedro Aguado Sch. P.
Padre General

[1] Lc 18, 9-14

[2] Esta es la definición que en 1983 dio la Conferencia de Superiores Mayores de USA en su asamblea sobre “Solidaridad y Servicio”. Tiene ya casi cuarenta años, pero la historia -triste- le ha dado la razón.

[3] Jn 8, 7

[4] Papa Francisco. Carta a todo el Pueblo de Dios en Chile, 2018.

[5] Concilio Vaticano II. Decreto “Unitatis redintegratio” n.6

[6] San José de Calasanz. Constituciones de la Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías n.3.

Tomado de Scolopi.org