CARTA A LOS HERMANOS JUNIO 2021

Crecer “como Dios manda”
Carta a los hermanos - Junio

Escribo esta carta fraterna en pleno proceso de reflexión sobre los grandes núcleos que serán trabajados en nuestro próximo Capítulo General, y poco después de haber participado en la asamblea de la Fraternidad General Escolapia, que se celebró en modalidad online a causa de la situación de pandemia que vivimos. En ambos contextos estamos hablando del proceso de crecimiento que vivimos, y nos alegra saber que en diversos contextos de las Escuelas Pías se van incorporando cada vez más jóvenes que quieren ser religiosos, o que la Orden se va extendiendo poco a poco en nuevos contextos y en nuevas misiones. Nos alegra profundamente porque nuestra misión es servir, y todo lo que hagamos y vivíamos siempre será menor que las necesidades y desafíos que tenemos. Nos alegra ir creciendo poco a poco.

Pero me preocupa que caigamos en la tentación de entender el crecimiento sólo como una cuestión cuantitativa, de ser un mayor número de personas o de estar en nuevos lugares. Por eso, me gustaría invitaros a pensar en otros criterios que nos puedan ayudar a valorar nuestro crecimiento-o a desafiarlo- además del puramente cuantitativo, siendo éste importante, como es lógico.

Me inspiro en el texto del evangelio de Lucas en el que se dice que Jesús, niño, iba creciendo. Se dice de este niño que crecía “en madurez, sabiduría y gracia delante de Dios y de las personas[1]”. Quiero apoyarme en este texto para reflexionar, con vosotros, en lo que significa “crecer como Dios manda”. ¿Qué significa para las Escuelas Pías crecer en madurez, sabiduría y gracia delante de Dios y de las personas? Unas sencillas reflexiones sobre cada una de ellas.

MADUREZ

¿Qué significa “crecer en madurez”? No hay duda de que hay muchos modos de acercarnos a este desafío. Yo he elegido sólo cuatro aspectos, siempre pensando en nuestra realidad. Creo que los cuatro nos ayudarían mucho a crecer en la madurez que Calasanz quiso para nuestra Orden.

Claridad en su identidad y proyecto. Es un primer punto, y es esencial. Un grupo, una comunidad, una Orden religiosa podrá crecer si tiene claro lo que es y lo que está llamado a ser. Todo lo que hagamos por profundizar en nuestra identidad, por conocer más y mejor la propuesta del fundador y su actualización, por vivir con más calidad nuestro carisma, por fortalecer todos los dinamismos de vida que hemos ido consolidando a lo largo de nuestra larga historia, todo eso nos va a ayudar.

Tenemos muchos jóvenes en formación que tienen derecho a vivir una clara identidad, y esto no es sólo cuestión de tiempo. Es una opción que necesita ser trabajada. Tenemos presencias muy jóvenes, que necesitan referencias claras y escolapias para crecer. Tenemos demarcaciones muy consolidadas que deben abrir un proceso de “mayor aportación identitaria” al conjunto de las Escuelas Pías. Tenemos un tesoro calasancio que profundizar, promover, publicar y ofrecer. Hay mucho trabajo por hacer. En esta línea, la Congregación General acaba de crear un nuevo departamento de la Curia General sobre la “identidad y el carisma calasancio”.

Sostenibilidad. Es uno de los retos de los que más estamos hablando. El concepto de “sostenibilidad integral” se está abriendo paso entre nosotros, poco a poco, y nos está haciendo pensar. Hay dinamismos sociales que no dependen de nosotros y que nos complican y debilitan (opciones políticas, crisis económicas, pandemia, etc.). Pero hay otros que sí dependen de nosotros y que los tenemos que afrontar: trabajar desde proyectos; equipos de liderazgo; incrementar nuestra colaboración interna; proceso de participación; impulso de las “claves de vida”; crecer en nuestra capacidad de obtener recursos externos; trabajar en red y tejer redes; convocar; formar a los jóvenes desde esta mentalidad; impulso de la Fraternidad, etc.

Capacidad de engendrar. Es propio de la madurez la capacidad de engendrar vida. Así ha sido siempre en la Orden. La madurez de las Provincias es lo que les ha hecho capaces no sólo de sostener e incrementar sus propias realidades, sino de abrir nuevas presencias en diversos lugares del mundo. Gracias a esta mentalidad nuestra Orden está hoy con nuevas posibilidades de vida y de misión. Nuestros jóvenes entienden muy bien esto. Saben que no han venido a la Orden solo para sostener lo que tenemos. Lo aman y lo admiran. Nuestra realidad es el fruto del trabajo y del coraje de nuestros mayores, y se sienten agradecidos por ello y comprometidos en su desarrollo. Pero se sienten llamados a dar nuevas respuestas. Eso es muy bueno, es un don que debemos saber acompañar.

Dinamismos de vida. Nuestro anterior Capítulo General hizo una gran aportación al conjunto de las Escuelas Pías al aprobar las nueve “Claves de Vida” que han marcado el camino del sexenio que termina. No están agotadas, ni mucho menos. Deberemos seguir trabajando en ellas, buscando nuevas pistas de avance. Es claro que van a ir apareciendo algunas, que serán trabajados por el Capítulo. Entre ellas, los procesos propios de la sinodalidad, las esperanzas de los jóvenes, la renovación de la “cultura de Orden”, etc. Vivimos un tiempo muy rico. Hemos de cuidar que los problemas y las dificultades no oculten las llamadas que recibimos y que necesitamos atender. No está en nuestras manos “garantizar la madurez”, pero lo que sí está en nuestras manos es “poner las condiciones para que la madurez sea posible”. Y este es el desafío de nuestras “claves de vida”.

SABIDURÍA

¿Qué significa crecer en sabiduría? Es muy bueno “dar nombres concretos” al desafío de “crecer en sabiduría”. Estoy seguro de que todos vosotros podríais aportar maneras muy ricas y plurales de acercarnos a este reto. Me gustaría aportar cuatro posibilidades.

Formación abierta. La formación sigue siendo nuclear. No sólo la Inicial, sino la de toda la vida. Sólo una formación clara y abierta a la realidad en la que vivimos, que nos capacite para entenderla y para superarla transformándola, sólo esa formación nos hará capaces de “crecer en sabiduría”. Hay mucha tarea pendiente: mejorar la formación de nuestros jóvenes en Filosofía, Teología, Pedagogía y, en general, en estudios civiles; cuidar y usar las bibliotecas; leer; publicar; ofrecer estudios de especialización; fomentar la formación al interior de las comunidades; idiomas; participación en la vida eclesial y social; creación de aportación educativa, etc.

Lectura de la realidad. No hay duda de que nuestro fundador fue un maestro en esta dimensión de la sabiduría: saber leer la realidad en la que vivía dejándose interpelar por ella y buscando el modo de transformarla. Sólo desde estas dinámicas podremos, como escolapios, continuar siendo útiles al mundo que nos toca vivir. Las visiones parciales, cortoplacistas o desencarnadas, no son dignas de los hijos de Calasanz. Será bueno profundizar en todo esto. Y una buena manera de hacerlo es buscando que nuestras comunidades sean, en verdad, espacios de escucha de la realidad. Dios también habla a través de las luchas y aspiraciones de las personas, de las mujeres y hombres de nuestro tiempo.

Escucha del Espíritu y discernimiento evangélico. Aquí radica una de las dimensiones centrales de la sabiduría en la que estamos llamados a crecer: aprender a discernir abiertos al Espíritu Santo. El discernimiento está muy lejos de las luchas ideológicas o de la defensa de nuestras propias posturas. Igualmente, está muy lejos de la simplificación de las decisiones a través simplemente de mecanismos de mayorías, Si nuestro Señor hubiera sometido a la votación de la comunidad -sin un discernimiento sereno y sosegado- la decisión de “subir a Jerusalén para enfrentarse con ella[2]”, probablemente el resultado hubiera sido negativo. Será bueno dar alguna vuelta a este precioso y apasionante desafío.

Impulsar una “cultura de Orden” que nos ayude a estar en dinámica de cambio y conversión. La “cultura de una Orden religiosa” está constituida por aquellos dinamismo y modos de actuar que con el tiempo se consolidan y que se convierten en estables. Pero si no introducimos en ellos la capacidad de transformarlos, si no tomamos decisiones que permitan incrementar nuestra capacidad de cambio y de evolución, tenemos el riesgo de caer en el “siempre se ha hecho así”. Y eso no es sabio. No podemos convertir nuestra “cultura” en el “siempre se ha hecho así”.

GRACIA

La gracia es un don de Dios. Pero también es el fruto de un estilo de vida. Desde la combinación de ambas dimensiones podemos plantearnos la pregunta de “qué significa crecer en Gracia”.

Vivencia de la fe y de la centralidad del Señor. No hay duda de que la vivencia de la centralidad del Señor Jesús en nuestra vida es lo que nos va a ayudar a crecer en esa preciosa dimensión de la vida de todo cristiano que es “transparentar la presencia de Dios”. Necesitamos recuperar la convicción de que estamos llamados a ser santos. Debemos perder el miedo a decirlo y a compartirlo: lo que hacemos y lo que vivimos lo hacemos y lo vivimos la gloria de Dios y la utilidad del prójimo. Pero a veces nos hemos quedado sólo con la primera o con la segunda parte del lema de Calasanz, que es una unidad. También sobre este asunto será bueno que pensemos un poco.

Capacidad de aportar Camino. Somos seguidores de Aquél que dijo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Esta afirmación del Señor debe inspirar nuestro servicio a los niños y jóvenes: estanos aquí para ofrecerles caminos que les acerquen a Cristo y que les lleven a Él. Y sólo lo haremos si nosotros los recorremos con ellos.

Capacidad de aportar Verdad. La Verdad de la que somos portadores no es de este mundo, ni es muy comprendida ni valorada por él. Pero somos sus cooperadores. Y esto pasa por muchos dinamismos, desde el desafío personal de “vivir en verdad”, sin falsedades -tengo que reconocer con dolor que no siempre es así en todos los hermanos, y que hay a veces “trastiendas” que nos hacen opacos- hasta el grande y definitivo de ofrecer siempre la Verdad del Evangelio, la propuesta cristiana, sin rebajarla o adaptarla a las corrientes culturales o dominantes del momento. Y no son fáciles ni una ni otra, la una porque somos pecadores, y la otra porque la tentación del “aplauso” es siempre muy atractiva.

Capacidad de aportar Vida. ¿Qué otra cosa es la educación sino una oferta de vida? ¿Qué es lo que da plena identidad y sentido a nuestra misión? Lo diré de modo sintético y claro: las preguntas y las búsquedas más profundas de los jóvenes sólo se pueden responder desde Aquél que es la respuesta. Nosotros no estamos aquí sólo para “preparar a los jóvenes para encontrar su lugar en el mundo”, sino para capacitarles para transformarlo y para inspirarles en la superación de sus límites, ayudándoles a desear la plenitud de la vida eterna. A veces nos quedamos en propuestas de corto recorrido que no son malas, pero son profundamente incompletas.

DELANTE DE DIOS Y DE LAS PERSONAS

Las Escuelas Pías caminan en la historia “delante de Dios y de las personas”. Acrecentar esta conciencia nos puede ayudar a integrar algunas opciones que están llamando a nuestras puertas. Simplemente cito algunos ejemplos: asumir que debemos “dar cuentas” (accountability) del testimonio que ofrecemos y de la calidad con la que trabajamos; dejarnos interpelar por la comunidad cristiana, por las familias, por los jóvenes, por el mundo educativo, etc.; vivir desde una sincera capacidad de autocrítica las decisiones que tomamos y el camino que recorremos, etc. Vivimos en el mundo, somos una institución eclesial, tenemos una propuesta educativa, las personas tienen el derecho a creer lo que decimos viendo lo que vivimos. Esto también es crecer.

Por todo esto debemos hacer un Capítulo General que nos ayude en el proceso de “crecer como Dios manda”, y que pueda ofrecer a la Orden una palabra sobre la centralidad del Señor en nuestra vida, sobre el escolapio que necesitamos, sobre los retos que tenemos para ir haciendo unas Escuelas Pías mejores y sobre la misión -insustituible- que tenemos. Estos son los grandes núcleos de nuestro Capítulo.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General


[1] Lc 2, 52

[2] Lc 9, 51

Tomado de Scolopi.org