"Los ancianos, un tesoro inadvertido" Meditación 10 - P. Juan Jaime

«Si se llevasen el miedo y nos dejasen lo bailado
para enfrentar el presente,
si se llegase entrenado y con ánimos suficientes,
y después de darlo todo,
-en justa correspondencia-,
todo estuviese pagado,
y el carné de jubilado
abriese todas las puertas,
quizá llegar a viejo sería más llevadero, más confortable, más duradero.

Si el ayer no se olvidase tan deprisa,
si tuviesen más cuidado en dónde pisan,
si se viviese entre amigos que, al menos,
de vez en cuando pasasen una pelota,
si el cansancio y la derrota
no supiesen tan amargo,
si fuesen poniendo luces en el camino
a medida que el corazón se acobarda,
y los ángeles de la guarda
diesen señales de vida,
quizá llegar a viejo sería más razonable, más apacible, más transitable.

Si la veteranía fuese un grado,
si no se llegase huérfano a este trago,
si tuviese más ventajas y menos inconvenientes,
si el alma se apasionase, el cuerpo se alborotase
y las piernas respondiesen,
y del pedazo de cielo reservado
para cuando toque entregar el equipo
repartiesen anticipos a los más necesitados,
quizá llegar a viejo sería todo un progreso, un buen remate, un final con beso.

En lugar de amontonarlos en la historia
convertidos en fantasmas con memoria.
Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina,
O, simplemente, si todos entendiésemos
que todos, todos llevamos un viejo encima.»

(Joan Manuel Serrat)

Durante siglos los ancianos fueron la riqueza de los pueblos, el tesoro de las sociedades. Los ancianos conocían historias y misterios, eran consejeros y jueces, poseían los secretos de la naturaleza o de la incipiente medicina. Eran valorados y apreciados en sus familias y aldeas y a los niños y jóvenes se les enseñaba a venerarlos y a sentarse a sus pies para aprender de su sabiduría. Las largas noches alrededor del fuego se pasaban escuchando de sus labios viejos relatos que hablaban de los orígenes, de aquello que nos une y nos convoca a todos como miembros de un pueblo y, aún más, de aquello otro que nos une en una misma suerte con la naturaleza y que nos vincula con ese Otro Absoluto que es Dios. Los ancianos eran belleza, eran amor de familia, eran ciencia y luz, eran experiencia de intensa fe, eran modelo para la juventud, eran lugar de peregrinación, pues valía la pena dejar otras cosas para visitar a un anciano, para aprovechar su resplandor antes de que se apagara, para recibir su amor antes de que se marchara, incluso, para disfrutar del sabor único que tenían sus relatos o sus comidas inolvidables. Y, entonces, llegó el final del siglo XX y los ancianos fueron arrinconados en la buhardilla del mundo, como reliquias superadas, como aparatos en desuso, como artículos descartados, como presencias que estorbaban.