"Para acompañar a nuestros adolescentes" - Meditacion 12 del P. Juan Jaime

Estos días he recibido muchas consultas de padres de familia -sobre todo mamás-, que manifiestan su angustia e incluso desespero ante la realidad de sus adolescentes y preguntan qué hacer para manejar esta situación de creciente deterioro con ellos. No es que las cosas resulten fáciles con los niños, con sus juegos, su inquietud, su bullicio, su reclamo de entretenimiento, su dificultad para centrarse en la realización de tareas escolares virtuales. Pero la realidad con los preadolescentes y adolescentes tiende a ser más compleja: cambios de humor preocupantes, enojo continuado, ensimismamiento, rebeldía exacerbada, actitud de constante confrontación, posiciones desafiantes, desinterés por cosas que querríamos que consideraran con atención como oficios domésticos sencillos, cuidado de los hermanos pequeños, ternura con los ancianos, actividades intelectuales para mantener ocupada la mente. Lo cierto es que la preadolescencia y la adolescencia suponen por sí mismas un desafío para los mismos preadolescentes y adolescentes que tienen que vivir esas etapas de su vida, y para sus familias y, en general, para todos los adultos que tenemos la misión de acompañarlos. Los cambios físicos, corporales, emocionales, psicológicos, espirituales y demás que vienen con esas etapas, generan una conmoción existencial que afecta todas las dimensiones de la vida. Pero si a esto sumamos una cuarentena nacional, e incluso global, una pandemia para la cual no parece haber solución a corto plazo, un confinamiento cada uno en su casa con la única compañía de quienes habitan esa casa, y un mundo normal detenido casi por completo, tenemos una alineación de factores que detonan una explosión interior en nuestros preadolescentes y adolescentes. Si nosotros, los adultos, no estábamos preparados para esto, ellos y ellas menos aún lo estaban. Y si para ellos y ellas ya era difícil vivir el desconcierto de su preadolescencia o adolescencia, tener que vivir este superdesconcierto adicional que nos ha tocado a todos, es algo casi insoportable. Es posible que por fuera estén dando pocas señales. Más allá de su enojo o rebeldía o respuestas altaneras o desafiantes, más allá de sus silencios o encierros u horas en el celular o en el computador o en el juego de video, no es fácil calcular qué les está sucediendo por dentro. Aunque los veamos grandes y empoderados por fuera, protegidos quizá por su mal genio o sus silencios o sus audífonos llenos de música, por dentro podrían estar derrumbándose. Algo quiero dejar claro: por incómodos que nos puedan parecer en ocasiones, esos preadolescentes y adolescentes nuestros nos necesitan y nos necesitan mucho, muchísimo. Es verdad que a veces da la impresión de que querrían que los dejáramos solos; pero, en verdad, necesitan que no los abandonemos a su suerte. Hay que acompañarlos.