"Acerca de un 4 de abril" - Meditación 14 del P. Juan Jaime

“Poned sobre mi tumba mi nombre.
Y mi apellido: sacerdote.
Y nada más.
Porque jamás he sido ni he querido ser
otra cosa.”

(José Luis Martín Descalzo)

A las cuatro de la tarde del 4 de abril de 1987 sucedió lo más maravilloso que me ha sucedido en mi vida. Era algo que yo aguardaba desde que era un niño, algo que soñé con estilo calasancio desde que escuché contar la historia de ese sacerdote que se entregó por completo a la niñez educándola en Piedad y Letras, algo que marcó las decisiones del adolescente que fui y que creía –creo que aún lo creo– que de esa forma ayudaría a cambiar el mundo, algo que se mantuvo encendido como un fuego ardiente a lo largo de los dificilísimos años de formación, algo que desde entonces ha sido la definición de lo único que he querido ser, de lo único que realmente soy, de lo único que espero seguir siendo. A las cuatro de la tarde del sábado 4 de abril de 1987, en la Parroquia de San José de Calasanz de la ciudad de Medellín, en la víspera del 5º Domingo de Cuaresma, por imposición de manos de Mons. Abraham Escudero, Dios me hizo sacerdote suyo, sacerdote de Cristo –único y verdadero amor–, sacerdote para los niños y jóvenes, sacerdote para anunciar esperanzas, para repartir alegrías, para bendecir a la gente una y otra y otra vez hasta llenar el mundo de bendiciones; sacerdote para ofrecer el perdón gratuito y el pan que realmente calma el hambre de la humanidad; sacerdote para bienvenir a los niños que nos llegan como regalo divino, para acompañar a los enfermos en su dolor y para decir adiós a los que mueren y parten hacia la Eternidad; sacerdote para decir la Verdad aunque cueste, para gritar que se tiene que poder vivir haciendo el bien y para dar testimonio de que la existencia tiene más sentido cuando se gasta por amor a los demás. ¡Ah! Y aquello sucedió no porque yo me lo hubiera ganado ni con mi esfuerzo ni con mis cualidades ni con mis merecimientos. Aquello sucedió porque Él, el Amado, en su infinita misericordia, por su eterno amor, lo apostó todo por mí, como si se pudiera confiar en mí, como si alguien se pudiera apoyar en mí, como si valiera la pena creer en mí. Pero así fue Él, así ha sido su amor, así es nuestro amor.