"Era un burrito" - Meditación 15 P. Juan Jaime

"Platero es pequeño, peludo, suave;
tan blando por fuera,
que se diría todo de algodón,
que no lleva huesos.
Sólo los espejos de azabache de sus ojos
son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va al prado
y acaricia tibiamente con su hocico,
rozándolas apenas,
las florecillas rosas, celestes y gualdas...
Lo llamo dulcemente: ¡Platero!,
y viene a mí con un trotecillo alegre,
que parece que se ríe,
en no sé qué cascabeleo ideal».

(Juan Ramón Jiménez)

Hoy hemos empezado una Semana Santa que nunca jamás había sucedido antes. Ni siquiera la primera de todas, aquella que Él vivió, estuvo tan sola, tan recluida, tan confinada. Por el contrario, los Evangelios nos hablan de las multitudes que subían a Jerusalén para celebrar la pascua de los judíos y el relato de la Pasión nos deja ver al gentío pidiendo la cruz para Jesús y contemplando su muerte. Y hoy, en este domingo de dolores y esperanzas, recordamos a los pobres y sencillos, a la pequeña gente, a los niños y muchachos que recibieron a Jesús que entraba triunfal en la ciudad para su muerte. Cortaron ramos de olivo, alfombraron el suelo con sus mantos, llenaron la mañana con sus gritos y alabanzas, tuvieron la loca ilusión de que aquel hombrecito humilde que montaba un burrito era Mesías, era Hijo de David, era presencia viviente de Dios.

«Alégrate, ciudad de Sión:
aclama, Jerusalén;
mira a tu rey que llega:
justo, victorioso, humilde,
montado en un burrito,
en una cría de burra».

(Zacarías 9, 9).

Y el burrito se alegraba, pues creía que era a él a quien vitoreaban los niños.
Un burrito sólo es un burrito y nada más que un burrito.
Un burrito no tiene importancia.
Un burrito no tiene poder.
Un burrito es nadie, es nada.
Un burrito no es un hermoso corcel.
No tiene gracia y donaire en su cabalgar,
ni lo aparejan con lujos ni lo adornan ni enjaezan con gran dignidad.
Un burrito duerme de pie y hace silencio.
Hace silencio hasta que, al cumplirse la hora, rebuzna para avisar del tiempo que pasa.
Tal vez un burrito llevó a Nuestra Señora de Nazaret a Belén.
Quizá fue el burrito sabanero que un niño pobre llevó al portal.
Podría ser el burrito aquel con el que la familia amenazada de muerte viajó a Egipto.
O sería el burrito que los llevó de regreso a Galilea donde todo fue pobreza y humildad.